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sábado 07 de diciembre de 2019 
INMACULADA CONCEPCIÓN DE MARÍA
Carta semanal del cardenal arzobispo de Valencia, Antonio Cañizares
Celebramos el domingo la fiesta de la Inmaculada Concepción de María, tan entrañable para todos los cristianos, singularmente para nosotros en España pues, no lo olvidemos nunca, Ella es la Patrona de España, tierra de María, que necesita tanto de su protección y ayuda en esta situación difícil que atraviesa para su edificación sobre sus cimientos y raíces cristianas más propias, para la familia, para el entendimiento entre todos, sin exclusión de nadie, para el asentamiento en la verdad que nos hace libres, y para tantas cosas que reclaman que ponga en su centro el bien común, inseparable siempre del bien de la persona, de su dignidad y de su grandeza.

Parémonos un poco y miremos a María Inmaculada desde su concepción; toda santa, a la que Dios preparó como su intacta morada de gloria; llena de gracia, inundada y empapada por el Espíritu Santo; toda hermosa, a la que el Altísimo revistió con su poder. En ella, la humilde esclava del Señor y la más elevada y engrandecida de las criaturas, la gracia divina ha ganado la victoria total sobre el mal, que apareció en la historia en sus mismos albores con Adán y Eva. Preservada de toda mancha de culpa, según el designio de Dios que quiere, desde siempre la plenitud de vida, de amor, de gozo y de gracia para el hombre. Ella es para nosotros, peregrinos del mundo, modelo luminoso de coherencia evangélica y prenda luminosa de esperanza segura. Esta fiesta cada año sabe a nueva, cada año resulta cargada de belleza, cada año nos invita a una meditación rebosante de gozo y de esperanza.

Celebramos el designio de la salvación de Dios que tiene en María el punto culminante e inmaculado de llegada a la tierra del Verbo de Dios que se hace Hijo del Hombre con la redención que en Él se nos otorga. Pensemos, por ello, especialmente en el esplendor que nace de la humildad del Evangelio, transparente ya en el misterio de la Encarnación en la Virgen Inmaculada, la sin pecado ni mancha original, entre todas bendita, Hija predilecta del Padre, esclava del Señor, adueñada enteramente por Él, mujer fiel configurada enteramente por la fe, ejemplo perfecto de amor a Dios y al prójimo. Su intacta belleza espiritual es para nosotros fuente viva de confianza y esperanza.

En la Virgen María, concebida, en previsión de los méritos de su Hijo, sin pecado original, la esperanza del hombre se ensancha al encontrar en Ella, Madre del Redentor, el cumplimiento de las promesas salvadoras de Dios. Ella, sencilla mujer judía, ha sido destinada desde siempre por Dios para ser la Madre del Salvador, y brilla, agraciada por la santidad de Dios, como aurora naciente de la salvación en la larga noche de los tiempos que precedió a la venida del Salvador.
Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, El ha hecho brotar de María el Sol que nace de lo alto y nos visita para iluminar a los que viven en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz. Desde ella podemos proclamar: aquí está nuestro Dios en medio de los hombres. Dios ha puesto su morada en ella. Ha acampado en ella. La Palabra eterna, por la que han sido hechas todas las cosas, se ha hecho carne, criatura, en Ella, Dios con nosotros, Humanidad de Dios. “El Señor está contigo, bendita tú entre todas las mujeres”.

Esta elección es más fuerte que toda experiencia del mal y del pecado de aquella enemistad con que ha sido marcada la historia de los hombres. ¡Qué esperanza! Todo puede ser salvado, todo puede ser perdonado y vivificado. Esta elección nos hace percibir que la vida siempre tiene un destino, que no cabe el desaliento o la desesperanza. Que hay un futuro para el hombre. Ya está brotando. En María, tierra fecunda, ha brotado, ha germinado el Salvador. La tierra ha dado su fruto nos bendice el Señor nuestro Dios.

No hay mayor desamparo, ni mayor pobreza para una persona y para un pueblo que la pérdida de la fe, sobre todo si se minimiza el daño y se intenta pasar de largo ante sus efectos deshumanizadores, porque es entonces cuando el interior de las personas y de las sociedades se convierten en un desierto inhóspito. A ese desierto se referían las palabras –que hago mías– del Papa Benedicto XVI cuando dijo: “La santa inquietud de Cristo ha de animar al Pastor: no es indiferente para él que muchas personas vaguen por el desierto. Y hay muchas formas de desierto: el desierto de la pobreza, el desierto del hambre y de la sed; el desierto del abandono, de la soledad, del amor quebrantado. Existe también el desierto de la oscuridad de Dios, del vacío de las almas que ya no tienen conciencia de la dignidad y del rumbo del hombre. Los desiertos exteriores se multiplican en el mundo, porque se han extendido los desiertos interiores”.

Efectivamente, perdida la fe, el hombre se queda sin luz que ayude a su razón a encontrar la verdad plena, la de su dignidad y la de los caminos de su salvación. En ese tipo de existencia, vacía interiormente, es imposible que alumbre la esperanza. Abrid pues las puertas de vuestras casas de par en par, sed misericordiosos, abrid vuestras puertas a la Madre de Dios, ¡sin cortapisa alguna! Abridlas a la que es madre de vuestra fe y la de vuestros hijos. Lo necesitan urgentemente los jóvenes, los niños. Muchas y poderosas son hoy en día las fuerzas sociales, políticas y culturales que pretenden arrebatarles la fe de sus padres, o entorpecer al máximo su debida transmisión ya en el seno de la familia, y, muy especialmente en la escuela. ¿Por qué hacer tan difíciles las cosas, por ejemplo, a la hora de abrir camino a la enseñanza de la religión católica, con el estatuto propio que le corresponde como materia fundamental, en ese ámbito tan decisivo para la formación de la persona que son los centros de educación primaria y secundaria? ¿Por qué hacer tan difícil a los padres la educación de sus hijos en esa dimensión tan básica de la formación religiosa y moral de sus hijos de acuerdo con sus convicciones, y de la cual son ellos los primeros y fundamentales responsables con anterioridad al Estado y a cualquier otra instancia humana?

Invoquemos a nuestra Madre Inmaculada para que interceda por todos ante Dios. De manera muy particular por las que como ella son mujeres, criaturas suyas muy queridas y objeto de su predilección, como vemos en María, aunque tan atacadas, por todo tipo de violencia y maltrato. Pedimos su intercesión para que cese esta violencia que les causa tanto sufrimiento, como vengo pidiendo rotunda, reiterada y públicamente, como bien conocen quienes me han escuchado y leído.

Y está, por otra parte, la insidiosa ideología de género, que tanto destruye y desfigura, por la que se me critica tanto en algunos medios por parte de comunicadores ignorantes, que desconocen la entraña de tal ideología, o es que ya están dominados por ella, a través de fuerzas que la sustentan y propagan, incluso económicamente, y satánicas en cuanto que ataca a la mujer como criatura elegida por Dios, como María, para ser Madre de su hijo. Pidamos a María muy especialmente por nuestras madres o nuestras hermanas o las hijas, por las que más lo necesiten para que vivan la grandeza y la dignidad de su ser mujer.


+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia