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sábado 21 de noviembre de 2020
FIESTA DE CRISTO REY
Carta semanal del Cardenal Arzobispo de Valencia

Este domingo, último del Año Litúrgico, celebramos la fiesta de Cristo Rey, testigo de la verdad que nos hace libres y se realiza en el amor. La Palabra de Dios nos muestra el porqué de esta realeza de Jesucristo: Él es el sentido de la vida y de la historia, criterio y medida de todo, Juez de todo, por el amor, la misericordia y el perdón: Testigo de la verdad, para esto ha venido al mundo, para dar testimonio de la Verdad. Y la verdad es Él mismo: revelador de la verdad de Dios y la verdad del hombre: la verdad de Dios que es amor, amor apasionado por el hombre. La verdad del hombre amado por Dios con verdadera pasión, hasta el punto de sufrir la pasión cruenta e injusta por los hombres y con los hombres.

Su reino no es de aquí, es más, su reino es amor, es servicio, es rebajamiento, es hacerse esclavo de todos, dando la vida por todos. ¡Qué distinta realeza a la que hombres nos forjamos! Pero esto es lo que hace un mundo y una humanidad nuevos, ahí está la salvación, la vida, la vida eterna, la gloria verdadera, la verdad que nos hace libres, la esperanza, ahí está Dios, del que es inseparable el hombre, del que son inseparables todos los hombres y mujeres a lo largo de los siglos hasta que Él vuelva como Señor y Juez del universo.

Hoy estamos sufriendo, con Él, esa pasión de Dios por el hombre, en los hombres que han sido asesinados en tantos y tantos terribles atentados que ocurren con frecuencia, en tantísimos mártires que han derramado sus sangre confesando su fe y proclamado a Jesucristo como el único y soberano Rey, y en los miles y miles que mueren en el Mediterráneo o en otras partes buscando otra tierra donde se encuentre algo mejor que el infierno en que viven en sus países de origen. Hoy estamos sufriendo, con Él, esa pasión de Dios por el hombre, en las mujeres maltratadas con tantos maltratos y asesinadas por la violencia machista. Hoy estamos sufriendo, con Él, en la cantidad de jóvenes que están atrapados por la droga, por ideologías antivida, antimatrimonio, o antiverdad que hace esclavos, de tanto abuso del hombre por el hombre… Ahí, en tanta sinrazón y sinsentido, en tanto odio fratricida, en tan grande cultura de muerte, Dios sigue con la pasión del hombre, pasión de Dios. Su amor, infinito es su «No» más total a los horribles hechos en los que se pone de manifiesto el odio y la violencia, la mentira, el reinado del odio, la guerra y la violencia, instigados por el príncipe de la mentira, que ya ha sido vencido por Jesucristo, Redentor y Rey, que trae la paz, porque es Testigo de la verdad que se realiza en la caridad, esto es, el amor sin límites.

En esta fiesta, nosotros, con la Iglesia desde los tiempos antiguos, proclamamos a Jesucristo Rey y Señor de todo lo creado. Como en los tiempos antiguos y en tiempos no lejanos, cuando ideales sin amor se imponían o trataban de imponerse, fascinaban o intentaban fascinar a nivel de Absoluto, hoy y siempre con la Iglesia, renovamos la proclamación de Jesucristo-Rey-Señor. Renovamos el “¡Viva Cristo rey!”, con el que morían proclamando nuestros mártires del siglo pasado en España, o en México, o en tantos lugares de la tierra a lo largo de los siglos. Ese grito de ¡Viva Cristo Rey! es proclamación de que nuestra esperanza está en Él, en Jesucristo, sólo en Él, en quien está el amor, todo el amor y la verdad, la vida, la misericordia, el perdón, la victoria sobre el odio, la mentira y la muerte, la alianza en su sangre, la de Dios con la humanidad.

Nuestro honor y gozo es reconocer como único Señor a quien así ama a los hombres, singularmente los más pobres, como proclama el Evangelio; un amor sin límites ni barreras, un amor sin exclusiones en favor de los últimos, de los pobres y débiles, un amor que nos enseña a dar, a amar y perdonar, y promete la gloria y el paraíso que es la felicidad suprema: estar junto a Dios, a los que han sido capaces de misericordia, como se nos juzgará al final. Al reconocer a Jesucristo “Rey y Señor”, como los antiguos cristianos, aspiramos a un mundo más humano gracias a su divina y universal Presencia, que es amor y misericordia, verdad y paz. Celebramos esta fiesta pidiendo a Dios que nos muestre su misericordia, manifestada en el rostro ensangrentado y desfigurado, de su Hijo, Señor del Universo desde la cruz, como víctima inocente, violentamente sacrificada, que entrega su vida unido a todas las víctimas de la violencia, del odio, del desprecio del hombre hasta destruirlo o eliminarlo, para traer la paz, la reconciliación, el perdón, la misericordia sin límites, la unidad consumada que tiene la caridad y el amor como ceñidor.

Y por eso, pedimos desde lo más hondo de nuestro corazón que venga a nosotros su Reino, que reine entre nosotros, que Él sea nuestro Rey, que nos dejemos guiar y conducir por Él en todo y no por nuestro criterios tantas veces alicortos e indignos cuando no instigados por el pecado y el enemigo, el príncipe de la mentira; y por eso imploramos la paz que el mundo no puede dar y que se encuentra en Él, Príncipe y Rey que trae la paz obra del amor; intercedemos por la paz y pedimos la misericordia de Dios que nos lleve a ser testigos de la misericordia y trabajar por la paz, imposible sin el amor que en Él, en Cristo, Señor sirviendo, se nos ha dado de una vez para siempre en la Cruz redentora, testimonio supremo de la verdad de Dios y del hombre: de Dios amor y misericordia, gracia y perdón, del hombre comprado con la sangre de Dios. Que reine en cada uno de nosotros, que se haga presente y viva en nosotros, en las familias, en la sociedad, en los pueblos y naciones, que reine siempre y en todo lugar. Que reine sobre todo, en cuantos formamos la Iglesia, sacramento de su señorío y reinado universal: Sólo Él y nada más que Él es el Señor de la Iglesia a la que sirve y ama y le entrega todo y por ella se ha dado y da enteramente.

Necesitamos a Jesucristo para que haya paz, para que alcancemos misericordia, para que se establezca un reinado de la verdad, y del amor, que nos hace libres. Reconocemos al Señor, Jesucristo, realmente presente en el sacramento del altar. Postrándonos ante Él, adorándole, lo proclamamos Señor y Rey de todo lo creado, sólo en Él está la salvación, en Él, Dios con nosotros, encontramos, reconocemos y adoramos la eterna misericordia de Dios.

Reconocerle como Señor es adorar, como hacemos en la santa Misa y prolongamos en el tiempo de oración ante el Santísimo; y adorar, de alguna manera, es entregarse a Él, es reconocer que somos de Él y para Él, es ofrecerse a Él; es dejar que Él viva en nosotros y sea nuestro Dueño y Señor; es abrir el corazón de cada uno y de la Iglesia a Jesús, para que Él, su perdón, su gracia, y su redención que tanto necesitamos entre en nuestra casa, en nuestras personas, en nuestras vidas, y viva ahí, tome posesión de nosotros; adorar es estar dispuesto a que, unidos completamente a Jesucristo, nuestro querer, pensar y vivir, esté dentro del querer, pensar y vivir de Cristo que se revelan plenamente en la cruz, y sea Él quien viva en nosotros, actúe en nosotros, piense en nosotros, imprima sus criterios de juicio y actúen, para que vivamos como Él vivió, que por su amor misericordioso y redentor, ha hecho nuevas todas las cosas. Así, en la eucaristía y en la adoración eucarística, expresamos nuestra cercanía, solidaridad con las víctimas y sus familiares, con los pueblos que sufren la violencia del yihadismo blasfemo y asesino o de cualquier otro terrorismo. Queridos hermanos, que se cumpla en nosotros lo que hemos proclamado en el Evangelio, única manera de decir con verdad que Jesucristo es, en verdad, Rey y Señor. No olvidemos que al final seremos juzgados del amor, que es lo mismo que decir que Jesucristo es nuestro único Rey y Señor.

Jesucristo es Rey y Señor, muestra su realeza, y hace presente en medio de nosotros su Reino –Reino de la verdad y de la gracia, reino de la paz y de la justicia, reino del amor, Reino de Dios que es Amor–, rebajándose, despojándose de su rango, tomando la condición de esclavo, haciéndose pequeño y ocultándose, como en la Encarnación, obedeciendo al Padre, ofreciéndose en oblación, hasta la muerte y una muerte de Cruz, por nosotros, los hombres y por nuestra salvación como acontece en la Eucaristía. Que reconozcamos que Jesucristo es Dios, amor y fuente de misericordia y perdón, y que reina desde el madero de la Cruz, perdonando, ofreciendo salvación al que la pide y busca, dando la vida, sirviendo, amando a los hombres hasta el extremo, con amor de predilección por los pobres, los hambrientos, los sin techo, los enfermos, los privados de libertad y esclavizados por las mujeres maltratadas y explotadas, por las víctimas de la droga…, en definitiva por todos los necesitados que se manifieste en ellos y para ellos el reinado de Jesucristo porque a ellos ha llegado el amor que, ahí, en la Cruz, está toda la verdad, de la que Cristo es el fiel testigo: la verdad de cómo Dios ama sin límite a los hombres, y la del hombre tan engrandecido y exaltado que de esta manera ha sido y es amado por Dios. Esto acontece en el misterio eucarístico, en el que se hace realmente presente y permanece el Reino de Cristo. El Reino de Dios es Cristo, es la Eucaristía misma que celebramos cada día. Por eso hermanos, acudamos más y mejor a la Eucaristía, para que Él reine en todo el mundo. Que el Señor reine en nosotros, en nuestras casas, en nuestra parroquia, en nuestra Nación, en el mundo entero.

+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia
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