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domingo 13 de septiembre de 2020
VIGILAD: Y SEAMOS TESTIGOS DE LA ESPERANZA
Carta pastoral en una nueva fase de la pandemia del Covid-19

Queridos diocesanos, hermanos y hermanas en el Señor.

En una nueva fase de la pandemia del covid-19, tras las vacaciones, seguimos atravesando, remando en la barca frágil de la Iglesia, y de la humanidad, la tempestad del Coronavirus. Hemos pasado la fase de la "desescalada", como se le llamó, y parecía o esperábamos que las cosas, al menos algunas, se iban a ir enderezando, sin embargo, los rebrotes se van produciendo muy peligrosamente y hay que seguir y actuar con extremada prudencia para evitar nuevos contagios.

La tormenta aún sigue; y la necesidad de pararnos, de reflexionar y de ser lúcidos, libres y prudentes, cuidadosos con esmero y, sin afectación ni miedos, el avivar la conciencia ante este hecho tan duro se hace aún más apremiante, porque la presión, los múltiples miedos, reales o inducidos, la propaganda múltiple y pluridireccional y tantas otras cosas evidentes, pueden adormecernos, dominarnos, desconcertarnos, al menos, e inhabilitarnos incluso, para ser libres y entrar en una fase más clara de esperanza y actuación en responsabilidad personal y compartida.

La Pontificia Academia para la Vida hizo público, pocos meses atrás, un magnífico y espléndido documento, "Humana Communitas", cuya lectura recomiendo encarecidamente, y en el que deberíamos apoyarnos en la fase de la pandemia que nos encontramos en España, no obstante, coincidiendo con lo que dice el citado documento, creo que os debería escribir esta Carta Pastoral dirigida a todos.

En este momento actual de la historia, de modo particular de España y Occidente, de crisis no solo económica, y social, incluso política de las mismas democracias, como si el mundo hubiese sufrido una guerra con notables consecuencias, estamos viviendo un momento de infierno, de ejercicio del poderío del príncipe de la mentira, que nos oprime y circunda en esta epidemia por la ausencia de Dios que hemos creado unos y otros, porque el verdadero infierno es ESA AUSENCIA, en estos tiempos actuales de la historia mundial, occidental, oriental, europea y española: ¿cómo nos ha sorprendido o cogido esta pandemia? ¿cómo estábamos y cómo vivíamos? ¿Qué lugar ocupaba Dios en la vida de los hombres y de nuestra sociedad? Seamos sinceros, pero de verdad, ¿se podía seguir viviendo como se vivía? ¿No nos dicen nada, por ejemplo, los miles y miles, seguramente millones, de abortos provocados por legislaciones injustas? ¿No nos dicen tampoco nada las legislaciones permisivas de la eutanasia? ¿Tampoco pasa nada con el descenso de natalidad tan grande? ¿y qué decir del descenso de los matrimonios entre un hombre y una mujer, que son la base de la familia en la que se asienta la humanidad y su futuro, la generalización de los divorcios, el aceptar como matrimonio la unión entre personas del mismo sexo? ¿se puede mantener o favorecer la ideología de género sin consecuencias nefastas para la humanidad? ¿No es degradación la cultura de muerte que se viene extendiendo, el desprecio de la verdad, el reinado o imperio de la mentira, o el relativismo imperante?¿Y qué decir de tantos casos de pederastia de personas consagradas, sacerdotes, que son ruina para la Iglesia y la misma humanidad? ¿Pueden quedar impunes tantos pecados cometidos dentro de la Iglesia contra los sacramentos? ¿puedan quedar impunes los millones de niños víctimas del hambre o los eliminados por los actos de terrorismo, o la trata y el maltrato de mujeres y de hombres, de nuevas esclavitudes, de sangrantes divisiones y enfrentamientos? ¿podemos seguir impasibles ante la descristianización de nuestro mundo o ante la generalización de la secularización y el laicismo o la apostasía silenciosa impunemente?... Un larguísimo etcétera podríamos añadir de pecados de los hombres. Y ¿todo ello puede quedar sin consecuencias?

Lejos de mí el considerar este hecho como un castigo divino, o de ver a un Dios castigador, vengativo, enemigo y en contra del hombre, porque Dios es amor, y para nosotros los cristianos se nos ha revelado en la cruz de Jesucristo, que es perdón, amor misericordioso universal, salvación, pero también es juicio de nuestros pecados, y, porque Dios está presente, cercano, en su providencia amorosa, a pesar de nuestro olvido de Él, o de un vivir como si Dios no existiera, y de nuestros muchos pecados y errores por ese olvido; Dios se hace presente, a su modo, en este acontecimiento universal, al que habrá que estar muy atento; pero que tiene mucho de "extraño", cierto. Y digo "extraño" pues son muchos los puntos sin aclarar, los ocultamientos de la verdad, los sometimientos y los miedos que están generando, a dónde nos lleva todo esto, ¿alguien sabe? Es un “novum” en la historia humana, que ha irrumpido sin avisar, con dimensiones mundiales, y nos ha dejado como apabullados y desconcertados, ante el que se han hecho patentes las limitaciones del hombre, de las mismas ciencias y las capacidades tecnológicas, sanitarias y políticas de los países. Un nuevo "orden" y una nueva cultura parece adivinarse en el horizonte.

Abundantes y muy gruesos problemas reclaman nuestra solicitud, la de todos en común y con la responsabilidad compartida de todos, solicitan particularmente el cuidado atento, la lucidez y libertad de todos, también de la Iglesia, y dentro de la Iglesia, y sintiéndome gozoso en la Iglesia, miembro, aunque indigno suyo, hablo ahora a mis queridos diocesanos, como Pastor de todos vosotros.

Esta pandemia está siendo, como digo, un acontecimiento único y universal, inédito, nuevo, en toda la historia de la humanidad por su extensión, por su gravedad, por la incapacidad del hombre ante él en todas las naciones -en unas más que en otras-, por el número de afectados y, sobre todo por el alto número de muertos, por los sufrimientos y desgracias que está acarreando consigo y por habernos rozado y tocado de lleno la muerte a la población mundial en este momento actual de la historia; pero, atrevámonos a decirlo con todo respeto, pero con todo amor y sentido de responsabilidad, el más hondo, vasto y auténtico problema del mundo, particularmente de Occidente, más aún que el de la pandemia del covid-19, es el que Dios desaparece del horizonte de los hombres y con el apagarse la luz que proviene de Dios, la Humanidad se ve afectada por la falta de orientación cuyos efectos destructivos son cada vez más manifiestos, como nos está ocurriendo ahora que camina a obscuras. Aunque, a decir verdad, durante la pandemia parece que bastantes se vuelvan a acordar de Dios y miran a Él.

Amigos todos: en los días de confinación, de silencio, y de casi total incomunicación y escaso trato con personas, en los que aún estamos todavía y no sabemos hasta cuando, me he preguntado muchas veces ante el Señor, porque han sido y están siendo, días de oración, de presencia y cercanía de Dios al que invocar, porque "Él es bueno con todos, cariñoso con todas sus criaturas, compasivo, y está cerca de los que lo invocan, de los que le invocan sinceramente" (Sal. 144): ¿Qué podríamos hacer, además del ayuno y penitencia imprescindibles, además de orar y ayudar, de volver a Dios y escucharle y adorarle y de ayudar a los demás en lo que se pueda? ¿Qué nos pides, Señor? Eso,Señor, ¿qué nos pides? Y escucho en el hondón de mi alma: "que volvamos, sin dudarlo, de verdad a Ti, que nos convirtamos, que sigamos invocándote porque estás muy cerca y nos oyes, que nos unamos todos, según su voluntad o querer, para ocuparnos de la salud y sanación de todos, y evitar que haya nuevos contagios, que colaboremos en superar, con tu auxilio, esta pandemia. Esto es lo más inmediato, como también que la ciencia dé con vacunas adecuadas, legítimas y eficaces, para todos y asequibles a todos, sin discriminación de ningún tipo.

Pero ante tanta miseria destapada, y tanta desgracia y ruina, tanta desolación y destrucción como ha desvelado y ocasionado y sigue ocasionando, como si se tratase de una nueva guerra mundial en el ámbito social, económico, político, moral y espiritual, humano, es urgente y apremiante que reemprendamos un camino nuevo de futuro, de recomposición y reconstrucción, el camino nuevo y antiguo, el del ayuno que Dios quiere: que compartamos el pan con el hambriento, que vistamos al que está desnudo y que hospedemos a los pobres sin techo, y que evitemos responsablemente todo contagio cumpliendo las normas dictadas al efecto, que nos comportemos como criaturas de Dios, hijos suyos, como hermanos que somos unos de otros.

Se habla mucho del campo económico, incluso político, pero, pienso, que hay que ir más allá; sin duda que el desastre económico, de empresas que tienen que cerrar, de trabajadores que se quedan sin empleo, de familias depauperadas, es ya muy grande y va a ser aún más grande, y de que la "vuelta al cole", o a la vida de colegios, institutos y universidades amenaza con nuevas situaciones de peligro, si no ponemos remedio adecuado; la pobreza que va sobrevenir va a ser de grandísima magnitud, aquí en España y en muchas naciones; pero también la descomposición y los problemas morales que se originan no son de menor tamaño. Es hora de un cambio o de una renovación honda y extensa; el rearme económico, político y social tan necesario y apremiante requiere un cambio, una actuación, una conversión que no se puede demorar. No soy yo ni me corresponde hablar de economía o de política, pero sí que se exige de mí, por deber social y en responsabilidad como Obispo hablar de reconstrucción , de mirada al futuro, de cambio, -sin olvidar el campo de la educación, tan básico y fundamental, al que me referí públicamente hace unos días-, de renovación de los cristianos, de llamada a los fieles cristianos a la esperanza, al amor, como Dios quiere, y a que se apremien a actuar con los demás sin demora, solidaria y fraternalmente, y colaborar, codo con codo, en la reconstrucción de nuestra sociedad con brillo y esplendor grandes: el esplendor de la verdad y la inmarcesible belleza y brillo de Dios que es Amor y Verdad.

Pero tenemos muchos miedos; se nos han metido muchos miedos que están aprovechando algunos poderes, para intentar "hacer su agosto", un "nuevo orden mundial", y vosotros seguramente tenéis identificados esos poderes, porque los sufrís como yo y porque información ya se tiene. Pero, ¿por qué, Señor, tanto miedo? ¿A qué tenemos miedo, cuando Tú tantas veces nos has dicho, y sigues diciéndonos, con tu palabra o con tus profetas, también los de nuestro tiempo: "iNO TENGAIS MIEDO!" Hace nada, sólo unos años, el Papa san Juan Pablo II nos decía y repetía, y sigue diciéndonos y repitiéndonos con gran fuerza y vigor desde el cielo: iNO TENGAIS MIEDO! iABRID DE PAR EN PAR LAS PUERTAS A CRISTO, ABRID LAS PUERTAS AL REDENTOR!, sólo Él sabe lo que hay en el corazón del hombre". Y Él, Cristo, nos dijo en el Monte de las Bienaventuranzas: no andéis agobiados, con miedo, no tengáis miedo, "no andéis agobiados pensando qué vais a comer, o qué vais beber, o con qué os vais a vestir" (Mt, 6, 31) o si os vais a contagiar o provocar contagio del Covid-19, tan agobiados y angustiados por la salud como andamos y debemos andar. "Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso", por esto hemos de ser prudentes y cuidar de la salud y procurarnos esas otras cosas que son don de Dios, como la salud misma. Pero ¿no estamos haciendo de todo ello un absoluto, incluso por encima de Dios? ¿cuánto se está repitiendo estos días lo primero es la salud? Claro que sí y Dios lo quiere y lo manda en el quinto mandamiento de su Ley. Parece como si sucediesen aquellas palabras del Evangelio: Tenemos miedo a lo que puede matar el cuerpo, y no tenemos miedo a lo que puede matar el alma. Y así nos va.

Pero lo primero es Dios, y hemos de escucharle, y viviremos; por eso, la Iglesia en estos momentos debería ayudar a los fieles, a todos, a proporcionar los medios y auxilios para mantenerse ahí, en que lo primero es Dios, inseparable, por lo demás, del hombre. Y estos auxilios son los templos abiertos, la Eucaristía, los sacramentos sobre todo del perdón, la palabra de Dios, la oración, la adoración, la formación, la disponibilidad de los sacerdotes y personas consagradas, la dirección o acompañamiento espiritual, ¿pueden mantenerse los fieles cristianos vigorosos sin estos auxilios? ¿y dónde quedan la persona, y la caridad auténtica, y el bien común, y la dignidad de la persona y del trabajo, y la libertad y la garantía y defensa de los derechos humanos, y el salario debido por el empleo destruido de los ERTES, que con tanto retraso se ha demorado o complicado en bastantes casos, la defensa de la democracia, y dónde la fe y la confianza en Dios? ¿Dónde queda que escuchamos al Señor para vivir? Dios también quiere todo esto: quiere justicia y caridad que viene de Él, confianza en Él y amor. ¿por qué tener tanto miedo a lo que, y a los que pueden matar el cuerpo, pero no pueden matar el alma? ¿por qué no defender más las almas? En esto habremos de fijarnos y dedicarnos muy especialmente en la diócesis este tiempo que dure la pandemia del Covid-19.

La belleza y brillo a la que me he referido antes "no es un mero esteticismo, sino el modo en que nos llega, nos fascina y cautiva la verdad del amor de Dios en Cristo, haciéndonos salir de nosotros mismos y atrayéndonos así hacia nuestra verdadera vocación: el amor, el amor que hemos conocido en Jesús,Hijo de Dios venido en carne, que nos lo ha dado todo, sin reservarse nada, del que nada ni nadie podrá apartarnos o separarnos, el amor a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos... Esta belleza es misteriosamente quien no tiene un aspecto atrayente, despreciado y evitado por los hombres < ... > ante el cual se ocultan los rostros" (ls
53, 2). Jesucristo nos enseña cómo la verdad del amor sabe también transfigurar el misterio oscuro de la muerte en la luz radiante de la resurrección" (Benedicto XVI), esa muerte que parece que nos esté rozando y oprimiendo ahora con la pandemia. Necesitamos la sabiduría de Dios, que es la de la Cruz donde brilla la belleza de la Verdad y del amor, de la fe, la confianza y la esperanza. Necesitamos pensar a la manera de Dios y no acomodarnos o ajustarnos a los pensamientos y criterios del mundo, superar la primera de las tentaciones, y tener los mismos sentimientos de Cristo, como Pablo dice en la Carta a los Filipenses (Cfr. Fil. 1 y 2), y ahí, en Él, en su seguimiento, en el aprendizaje como discípulos suyos, está nuestra esperanza (Cfr. Mt.
16, 21 ss).

Y la belleza del amor los cristianos habremos de transparentarla siempre en la situación ruinosa a la que nos vemos abocados contribuyendo en primera fila, con la ayuda de Dios, y siguiendo las sabias indicaciones del Papa Francisco en este tiempo, a solucionar con imaginación, prudencia, y audacia, los problemas del paro, de cierre de empresas, de hambre que pueda sobrevenir o que está sobreviniendo ya en la nueva época en que nos encontramos, de los problemas y necesidades en el campo escolar a todos los niveles al comenzar un nuevo curso, de la más que posibilidad de nuevos rebrotes, de nuevas postraciones, el lecho de la enfermedad y del dolor... Hay que hacer "algo", o mejor, "mucho", ser muy lucidos y actuar con lucidez, porque sin duda estamos necesitando y vamos a necesitar aún más de una reconstrucción para ese mañana que, de alguna manera, ya está aquí, sobre todo reconstrucción religiosa, social, cultural, espiritual y moral.

La diócesis de Valencia en otros momentos similares, como el que estamos o vamos a estar, se ha mostrado con una capacidad y fuerza muy grandes para acudir a las situaciones de pobreza o de nuevas pobrezas, o de educación. Y ha de demostrar, a los ojos de todos, que es una Iglesia de fe, una Iglesia de las bienaventuranzas y del amor, pobre y para los pobres, educadora, que es capaz y sabe quedarse prudentemente a "dos velas", si necesario fuese, por atender a los pobres, para amar, en definitiva, como lo ha recibido del Padre de los cielos, y educar en esa actitud principalísima y primera. Tenemos muchas personas e instituciones con las que podemos y debemos contar, y , unidos, poner en marcha la imaginación de la creatividad para la caridad y la justicia, y expresar el amor y la esperanza que provienen de Dios, de escucharle a Él, de cumplir su voluntad .

Innegablemente nos encontramos en una situación, doloroso es reconocerlo, que, puede ser propicia u oportuna para pensar en qué se puede hacer, aunque la situación que vivimos nos ha paralizado a casi todos, al mundo en que nos movemos; pero no se trata sólo de "hacer", sino sobre todo de "ser", de ser de verdad cristianos, discípulos de Jesucristo, que le siguen como únicamente se le puede seguir, con la cruz y con la luz de la sabiduría de la Cruz. Hemos sido claramente víctimas de unos virus, insignificantes seres microscópicos que han hecho caer al gran coloso de nuestro mundo que nos estábamos y quizá estamos siguiendo, fabricándonos; han derribado a los poderes de este mundo, a los nuestros, a nuestros grandes planes y proyectos, fruto de la obra de nuestras manos. Creíamos que éramos invulnerables, pero no es así. E incluso ahora, nos estamos creyendo que la solución, respuesta y logro va a venir de las ciencias sólo; por supuesto que sí, y hay que esperar y rezar mucho para que las ciencias nos den resultados positivos y éticamente admisibles. Lo siento mucho, pero con ser necesario esto e imprescindible, es o resulta insuficiente, por mucho que en este momento así es o debe ser. Pero, y por eso, precisamente, es necesario confiar más plenamente en Dios que iluminará y dará sabiduría e inteligencia para "inventar" lo que se requiera en la ciencia, en la técnica; es necesario y urgente, abrirnos a Él, escucharle a Él e invocarle sinceramente, con fe y confianza, abrirnos a su amor, acogerlo; es la hora de Dios, nada es ajeno a Dios y a su providencia y misericordia. Confiar, por encima de todo en Él y no en nuestras obras, confiar en el Dios de las obras, el único, y no en nuestras capacidades solas y abandonadas a sus solas fuerzas. Nuestras obras, humanas al fin y al cabo, limitadas y parciales, no son Dios, y confiando en Dios habrá logros de parte de las ciencias, viviremos, y viviremos para la vida eterna.

Es hora, por lo demás, de elaborar proyectos de acción caritativa y social, es hora de mostrar que somos una familia, una fraternidad, hermanos unos de otros, y de manera particular, es hora de no olvidar, sino todo lo contrario, que somos Iglesia: avivar la conciencia de que somos Iglesia, en la que está presente Cristo. iNo podemos permanecer impasibles y parados! Celebramos, hace ahora pocos meses, la fiesta de la Ascensión del Señor y pocos días después celebramos también la fiesta de Pentecostés. Jesús, al subir al cielo no nos dejó ni nos abandonó, no se ha ido para desentenderse de este mundo, sino que ha querido precedernos como cabeza nuestra, y para que nosotros, miembros de su cuerpo, vivamos vida eterna, ya aquí y después en el cielo. Ascensión, lo sabéis bien, implica el misterio de una presencia nueva de Jesús en su Iglesia: "Estaré con vosotros hasta el fin de los siglos". A la totalidad del misterio salvador de Cristo, de cuyo amor nada: ni peste, ni guerra, ni persecución alguna, nada nos separará, pertenece también a la Iglesia, donde Él prolonga su presencia y su obra salvadora: "Seréis mis testigos hasta los confines de la tierra".

Los cristianos, la Iglesia, no sólo actuamos en el mundo recordando y secundando las palabras o enseñanzas de Jesús; es Él mismo quien, por su Espíritu Santo, a quien de manera particular invocamos y acogimos en Pentecostés, se sirve de la Iglesia, de nosotros en ella y con ella, para la salvación de los hombres. Cristo, no lo olvidemos jamás y menos en esta situación que atravesamos, vive en la Iglesia, actúa en la Iglesia; por medio de ella cumple su misión, lleva a cabo su obra de redención por la palabra, los sacramentos, la vida de los cristianos; Cristo enseña a través de su Iglesia; en ella y por ella reina y comunica su santidad.

Con la Ascensión del Señor y el envío del Espíritu Santo comienza el tiempo de la Iglesia donde Cristo está presente y actúa. Él está unido para siempre con ella y la conduce y anima por el Espíritu Santo que nos ha dado y ha derramado su amor para confesar el nombre de "Jesús es el Señor", e invocar a Dios cariñosamente llamándole "Abba, Padre", y para amar con su mismo amor y cumplir con la misión y el encargo que no dejó: "Id al mundo entero y haced discípulos de todas las gentes", anunciad y testificad el Evangelio para que el mundo crea. ¿por qué vamos a tener miedo, en consecuencia? ¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo que el Espíritu Santo de la verdad nos ha dado y pone en nuestro corazón, y que nos defenderá siempre? Esta es nuestra gran esperanza: ¡la Iglesia!, ser y sentirse Iglesia, vivir la comunión, vivir en comunión con ella en la que Cristo sigue presente entre nosotros. La Iglesia existe para hacer presente a Cristo en obras y palabras, existe para dar testimonio de Él, para evangelizar, es decir, para hacer presente a Jesús en todo y entregar su amor infinito, Dios que es amor, Dios con nosotros. En su entraña está el compartir; y lo poco o mucho que tengamos es para compartir; compartir el pan, los panes, y unidos con Jesús en la oración al Padre de los cielos, sus panes se multiplicarán y habrá para todos y se saciarán. Esto es fundamentalísimo y llena de esperanza: Jesucristo.

En estos momentos sentimos una llamada especial los cristianos a ser verdaderos cristianos, ser verdaderos discípulos de Cristo, seguidores de Cristo, como únicamente se le puede seguir, con la cruz, negándose a sí mismo, a los propios criterios, pensamientos e intereses, yendo a Cristo y con Él, aprendiendo de Él que es manso y humilde corazón y hallaremos nuestro consuelo y esperanza de gloria. Esto se plasma, en las actuales circunstancias, en proyectos y realización de sugerencias válidas que puedan y deban hacerse en este orden, sencillamente, para que la Iglesia sea Iglesia. Esto es lo que puedo y debo ofreceros, mi oración, mi ayuda, los medios para ser Iglesia. Os pido perdón si en otros momentos no he sido capaz ni he sabido hacer lo que os debo, lo que Dios quiere y como Él quiere.

Y a este respecto, una primera cosa para el futuro que está ahí y que no convendría olvidar es el libro del Génesis cuando narra lo que sucedió a los hombres que proyectaron edificar una torre para evitar otra destrucción masiva como el diluvio, que paliase al menos una devastación universal. Y, en todo caso, pienso que sería muy oportuno que nos planteásemos en esta situación que vivimos algunas preguntas: ¿No estaba todo bajo control? ¿será capaz un virus de echar abajo la "sociedad del bienestar" que el mundo propugna, el bienestar del que gozamos, o una sociedad al margen de Dios, sin Dios? ¿Es tan frágil el sistema económico, cultural, social, de progreso que ha llevado el hombre a la Luna y ha creado un nuevo mundo globalizado por instrumentos sofisticados para el transporte de personas y mercancías y para la comunicación? ¿No podrán, de verdad, los sistemas sanitarios curar y ni siquiera atender correctamente a los enfermos? Cuando las cosas mejoren, mejor, ya ¿no será necesario revisar a fondo el modelo de vida, "este" que nos domina? ¿No he de plantearme ya en qué relación están mi vida y mi muerte con el supuesto futuro mejor de la Humanidad? ¿Me salvará a mí ese futuro? ¿salvará a mi familia y al pueblo del que formo parte? ¿será el porvenir mejor desde el punto de vista de desarrollo social y económico? ¿Lo será desde el punto de vista moral? ¿Lo será necesariamente como la ideología del progreso no cesa de pretender hacernos creer?

Es cierto, segurísimo, que esta "prueba" que atravesamos, precisamente en este tiempo, podrá marcar el comienzo de una nueva época para la Humanidad, si se aprovecha esta oportunidad de redescubrir la humildad y de encontrarse con Dios humilde y paciente, que nos salva, es Padre y hace hermanos, porque nos da su amor, la vida y la salvación. Es necesario retomar las preguntas de siempre sobre el sentido de la vida y de la muerte, del hombre, de la historia, del desarrollo... aquellas que se plantean en la Constitución Pastoral del Concilio Vaticano II "Gaudium et Spes”.¿Qué buscamos? No olvidemos en este tiempo las palabras de Jesús: "Vigilad y orad".

Para recomponer el tejido social de nuestro mundo o para una reconstrucción de este mundo nuestro, creo, además, que no podemos dejar en el olvido el episodio de las tentaciones de Jesús, narrado por el evangelista Mateo, para no sucumbir, una vez más a manos del Maligno, y aconsejo, al mismo tiempo, a quien pueda, releer la explicación e interpretación que nos ofrece Joseph Ratzinger, Benedicto XVI, en su obra "Jesús de Nazaret" sobre tales tentaciones, que reclaman poner en el centro a Dios y adorarlo a Él sólo.

Debo añadir que, precisamente a raíz de este reconocimiento y adoración de Dios, no obstante, la recomposición del tejido social de nuestro mundo o la reconstrucción de este mundo nuestro, aparentemente tan poderoso y fuerte, pero la verdad tan débil, y Dios quiere esa recomposición y reconstrucción tan necesaria, pero habremos de ponernos a escuchar a Dios y atender a sus signos, pues de Él y por Él, nos llega su palabra y nos llegan los signos de reconstrucción y salvación que nos ofrece. Acojámosle, acojamos su palabra y sus signos. Venzamos, con Jesús y unidos a Él, toda tentación que nos puede llegar en este intento.

Se nos ofrece la oportunidad de que, así y en estos momentos de reflexión y silencio, busquemos por encima de todo a Él y su voluntad, que no es otra que salvarnos y llevarnos a participar de su amor y vivir ese amor suyo en formas concretas, como este tiempo hemos estado viendo en tantos y tan espléndidos ejemplos que se nos han estado dando.

Con dolor, debo decir que "bendito este momento" si nos sirve para recibir su luz, la luz de la Pascua que nos guíe en esta prueba, -la luz es Cristo en su vida, pasión, crucifixión, muerte, resurrección y ascensión a los cielos-, y nos haga mirar el gran futuro, el que Dios ha dispuesto, o que Él quiere y dispone para los hombres, y vayamos, volvamos a Él, reconozcamos a Dios manifestado en el rostro de su Hijo y adoremos a Dios, sin omitir que adorar y servir a Dios no es posible sin respetar, promover, servir, amar a los hombres, mis hermanos, sobre todo si sufren y están necesitados.

Para esta reconstrucción y recomposición del tejido social, necesarias, la verdad es que la fuerza del Evangelio del amor, del amor preferencial de los pobres, de los enfermos y de los que sirven y dan la vida, que brota y viene de Él, ha de guiarnos y conducirnos para encaminarnos a una humanidad nueva, con hombres y mujeres nuevos. Es necesario que nosotros, fieles cristianos, estemos muy unidos a Cristo, como la vid a los sarmientos, y daremos frutos abundantes. Sin unión con Él, no valdremos para nada o casi nada.

A partir de ahí me vienen a este respecto las siguientes reflexiones, la primerísima e imprescindible: que como Iglesia debemos pensar en que la Iglesia sea Iglesia, hacer lo que ella es: obra de Dios, que, en éstas y futuras circunstancias, su único fundamento, y el de todos sean o no creyentes quienes me lean o escuchen, es Cristo, la piedra angular sobre la que edificar y reconstruir, es la vid que lleva su savia a los sarmientos y los vivifica; y, por tanto, que la Iglesia se dedique aún más intensamente, con la ayuda de lo alto, a ser Iglesia y cumplir hoy su misión recibida y encargada de su Señor: anunciar el Evangelio y hacer discípulos de Jesús; esta primerísima e insoslayable reflexión me lleva a subrayar que no podemos "escurrir el bulto" y engrosar la "cofradía de los ausentes".

Traigo a colación aquel hecho, después de la resurrección de Jesús, cuando Pedro se dirige al templo de Jerusalén, y en la puerta se encuentra con un paralítico que está pidiendo limosna, y Pedro le dice a aquel paralítico y mendigo: "No tengo oro ni plata; lo que tengo te doy: en nombre de Jesús Nazareno, toma tú camilla, levántate y echa a andar". La Iglesia no tiene oro ni plata, aunque algunos les pueda parecer lo contrario: que tiene "plata" y “poder"; pero, sin embargo, sí que tiene un grandísimo e inigualable tesoro y una fuerza mucho mayor, que el poder mundano o la plata y el oro del dinero: este tesoro es Jesús, el Reino de Dios presente en medio nuestro; en estos momentos junto a la pandemia y ahí mismo, sin pasar de largo de ella, la Iglesia tiene que dar este tesoro a la humanidad, en casi ruina que le impide andar y abrirse paso caminando al futuro que le espera por delante. En esto no puede fallar. En estos momentos de donación de la Iglesia de sí misma y de su tesoro, que es lo mismo que dar la vida arriesgándolo todo, viene muy bien recordar aquellas palabras de Jesús a los discípulos, "quien quiera salvar su vida, la perderá; pero, el que la pierda por mí la encontrará. Pues ¿de qué le servirá a uno ganar el mundo entero si pierde su alma?" (Mt, 16, 25-26). Esto es lo importante, y por ello los cristianos, para que haya futuro, debemos arriesgarlo todo por salvar las almas, y esto es evangelizar, camino abierto a la esperanza, que es a lo que nos invitan los momentos que vivimos.

También quiero recordar, para vuestra meditación, como hizo el Papa en la oración universal en la plaza de san Pedro ante la inmensidad de la pandemia del covid-19, evocando la tempestad que Jesús vivió con los discípulos en la barca sacudida por una tormenta: en esta ocasión, compartiendo con sus discípulos llenos de pánico las aguas agitadas y procelosas, el torbellino, de ahora, la zozobra de la amenaza de naufragio que sienten los hombres, en peligro, con los que comparte la misma barca que navega tan azotada y de la que Él sin embargo, no se baja, no se aleja, no la abandona y deja a su suerte, y de la que no se despreocupa y sí le importa y mucho, todo, aunque se le vea aparentemente dormido; poniéndose en pie, impera y manda sobre la tormenta borrascosa, sobre los vientos adversos, y le obedece la tormenta y le obedecen los vientos y se silencia su fragor y amenaza; la Iglesia de hoy en su barca, dispuesta a acoger a todos en ella, y sintiéndose unida a esa Humanidad sufriente, con miedo, castigada por la tormenta de la pandemia, grita en súplica angustiada y confiada, "evangelizar se hace de rodillas" (Papa Francisco), y así los discípulos despiertan al Señor: "iSeñor, ¿no te importa que perezcamos, que nos hundamos? isálvanos!" Él les dijo: ¿por qué tenéis miedo, aún no tenéis fe? ¿Dónde está vuestra fe? iHombres de poca fe!" ¿No nos está sucediendo esto mismo, que estamos llenos de miedo, incluso de pánico?, y ¿dónde está nuestra fe en estos momentos, no estaremos dando muestras, en ese miedo, que no tenemos fe o somos de poca fe? Basta ver cómo oramos, si es que oramos sinceramente, y suplicamos y cómo actuamos tras la oración para constatar la verdad del reproche que Jesús nos hace: no hay fe sin obras, no hay oración y súplica a gritos sin fe y confianza total en Dios, pero esta fe debiera ir acompañada de obras buenas de caridad, y si no tenemos estas obras de caridad que tiene muchos aspectos, hasta políticos, habría que ver a dónde vamos.

Vivimos momentos para que esto lo reflexionemos y discernamos, porque me parece que a esta situación que estamos padeciendo hemos llegado con poca fe en Dios, con falta de fe en Dios, con olvido de Dios y con poco amor que de esa fe se deriva. ¿No estaremos haciendo de este mundo y civilización sin Dios, un mundo contra el hombre, donde tampoco el hombre cuenta o se les somete a otros intereses, no estaremos ya mucho tiempo intentando eliminar a Dios, suprimiendo a Dios, y haciendo un mundo más pobre, más angosto, más vacío? ¿Qué llena ese vacío: la economía, el dinero, el bienestar, el placer, bienestar y sexo, las ideologías, los intereses individuales o de grupo, el poder y el mandar, ocupar puestos...? El vacío que ha dejado Dios, no lo puede llenar el hombre y sus intereses, ni planes o proyectos que solo proceden de los hombres. Y la humanidad enferma, se abruma y perece o se hunde. Por eso, esta situación que estamos pasando debería hacernos reflexionar y llevar y conducir a todos, especialmente a la Iglesia, a la fe, a la sola fe en Dios que espera en Él y todo de Él y se expresa en la caridad que viene de Él, que no tiene límites; debería llevarnos a la oración, al trato de amistad con quien sabemos nos ama, y que quiere obras de caridad.

"iAyúdanos, Señor, a creer! iAumenta nuestra fe, una fe que obra por la caridad!" Me llama la atención y me duele que, incluso en estos momentos, públicamente y por medios públicos, se esté como ignorando la fe o lo que tiene que ver con la fe, incluso, y esto es más grave, se actúe contra ella como en el "pretendido homenaje" de las víctimas en la plaza de la Armería del Palacio Real, en Madrid o en la prohibición demencial de no asistencia de más de diez personas al funeral de la Basílica de la Sagrada Familia, en Barcelona. Es cierto, sin embargo, que algunas cadenas de TV y de radio, por ejemplo, COPE, 13 TV u 8TV lo han hecho muy bien en este tiempo de confinamiento y han llevado a cabo programas, intervenciones desde la fe y han abierto la esperanza y han suscitado y animado la caridad, un signo ha sido que la emisión de la Santa Misa ha estado siendo muy demandada; o que, al mismo tiempo llena de esperanza y alegría, el que, por ejemplo, por medio de algún que otro wasap, han llegado o llegan testimonios bellísimos y gozosos, animosos, como el de aquella ancianica, me parece argentina-hispana por el tono y las expresiones de su lenguaje, que, con sus 96 años, daba, a través de poco más de dos minutos, un testimonio bellísimo y valiente de fe; pero testimonios así no los veo o no nos llegan o se silencian por la TV u otros medios de comunicación. Y esto también ayuda y ayudaría mucho a superar la crisis, por múltiples conceptos, y la tormenta destructora que está cayendo. En la situación que estamos viviendo, la TV, por ejemplo, se pasa minutos y minutos, horas, hablando de la pandemia en diversos programas, y es normal que suceda porque a los telespectadores le importa el tema crucial y universal de nuestros días, pero en estos programas nunca o casi nunca se habla apenas, ni por asomo de Dios, de la fe, no hace referencia alguna a Él cuando tanto lo necesitamos y cuando nos ha revelado su rostro en su Hijo Jesucristo, en su cruz, en su ser buen samaritano, en las bienaventuranzas que abren a un mundo nuevo de verdad.

En esta situación, además, otro relato evangélico traigo a colación, para vuestra meditación: el de la resurrección de Lázaro; en ese relato vemos a la Humanidad, que como Lázaro, está enferma, no sólo los afectados por el virus covid-19, sino por otras muchas enfermedades, físicas y, sobre todo, espirituales, como puedan ser el egoísmo, individualismo, la violencia, el pecado, la dejación de responsabilidades, la soberbia humana, la cerrazón a Dios, el olvido de Dios, la mentira, y tantas otras: está enferma, muy enferma, esta humanidad nuestra, tan querida por Jesús, que llora al lado de Lázaro; preciso es reconocerlo. Y Jesús comenta: "Esta enfermedad no es para la muerte, sino que servirá para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella", y se quedó sin actuar inmediatamente con eficacia, hasta que dice: "mis amigos, los hombres enfermos, están dormidos, y voy a despertarlos". Sí, la humanidad de hoy parece enferma, está enferma, pero no de muerte, está dormida, hay que despertarla: esa es la tarea de la Iglesia, despertar a esta humanidad, como Jesús a su amigo Lázaro; confiamos que esta humanidad no caiga aún en la muerte, no esté muerta y esperamos que venga Jesús para que creamos; da la impresión que en la circunstancia que atravesamos le estuviésemos diciendo a Jesús, algo así como le dijo Marta: "Si hubieses estado aquí con los hombres enfermos no se hubiese propagado esta enfermedad que nos aflige y algunos hermanos no habrían muerto; pero aún ahora sabemos que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá". Y Jesús nos respondería ahora más o menos como entonces: "Tus hermanos, la humanidad entera, resucitarán". Y nosotros, como repitiendo mecánicamente, medio consolados, respondemos con la respuesta verdadera, pero manida ya del catecismo: "Sabemos que resucitarán con la resurrección del último día". "Sabemos" muchas cosas. Pero Jesús, hoy mismo replica anunciándonos y diciéndonos la gran noticia, la gran realidad, la gran palabra, no hay otra: "Yo soy la resurrección y la vida, el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá; y el que está vivo y cree en mí no morirá para siempre, ¿crees esto?" También en esta situación de muerte, también se nos hace la misma pregunta por parte del mismo Jesús: "¿Crees esto?" La respuesta no puede ser otra que la fe viva y vivida en la resurrección, en la futura y la ya presente por participar de la vida nueva de la resurrección. Por eso necesitamos transformarnos en la mente y en el corazón, para que tomemos parte ya en la tierra de esa vida nueva, anticipo de la futura. Llamada también a la esperanza. "Aspiremos a los bienes de allá arriba, del cielo", cuando Dios sea todo en todos.

Por último, para vuestra meditación, me remito al episodio de las bodas de Caná; la Madre de Jesús, en una situación tan normal como una boda, adelantando la hora de Jesús, les dice a los criados -también la Iglesia, los cristianos, somos criados, siervos y servidores- y nos dice: "Haced lo que Él os diga". En la insipidez o amargura del agua que nos provoca la situación que estamos viviendo, la Madre de Jesús, la Santísima Virgen, a cuyo corazón Inmaculado fuimos consagrados desde Fátima el día 25 de marzo, fiesta de la Anunciación a María, esclava del Señor y Salud de los enfermos, Madre intercesora, siempre atenta a las eventuales carencias, necesidades, apuros de sus hijos..., y Ella nos está diciendo como en Caná de Galilea: "Haced lo que Él os diga". No tenemos otra salida del "atolladero" en que nos encontramos que está: hacer lo que Cristo nos dice. Esto, por favor, no es fundamentalismo; es la verdad, y soy testigo. Y nos lo dice Él mismo, Jesús, a lo largo de toda su vida, especialmente en los acontecimientos de los que hicimos conmemoración, durante el confinamiento, en las celebraciones de la Semana Santa, este año más o menos a puerta cerrada o casi cerrada,-no sé por qué- y que también, por lo demás, nos ha mostrado en tantos gestos que estamos viviendo y viendo estos días: en médicos, enfermeros y enfermeras, personal auxiliar sanitario, administrativos en hospitales, conductores de ambulancia, jóvenes, familias, vecinos, enfermos, hospitales, investigadores,
universidades, sacerdotes, capellanes de pastoral sanitaria, religiosas, señoras de la limpieza, militares... etc., etc.

Estos hechos, de algún modo, podemos relacionarlos con los del coronavirus, y vemos que el protagonista y salvador, es Jesucristo como quien hace caminar al paralítico, calma la tempestad, convierte el agua en vino de alegría y de amor, multiplica los panes y los peces, y Jesucristo es resurrección y vida, triunfador del mal, del pecado y de la muerte, trae y da la esperanza, y a su lado María, su Madre y nuestra Madre que adelanta la hora de salvación de su Hijo. Siempre Jesucristo y nada más que Jesucristo. Es la única palabra, luz, riqueza, verdad y fuerza que tiene la Iglesia. Y esta no la debe callar, ni la puede silenciar ni dejarla morir. Ha de acudir siempre, a tiempo y a destiempo, ahí, anunciar a Jesucristo, darlo a conocer, seguirle y testificarlo, adorarlo. La Iglesia no tiene otro plan ni otra respuesta, ni otra esperanza que Jesucristo, de quien se derivan tantos caminos. Este plan, esta obra no es de los hombres, es de Dios y quiere que, juntos, la llevemos a cabo y adelante.

A partir de Jesucristo corresponde a los cristianos aceptar, vivir, encarnar en sus vidas y en la sociedad, en sus pensamientos y en sus obras, guiados por el Espíritu Santo, a Jesucristo; a partir de Él, del encuentro con Él, saldrán y concretarán y se decidirán proyectos y acciones como siempre han surgido de un nuevo corazón y de una nueva mente, inspirados por la luz del Evangelio del modo que Dios sabe y a nosotros se nos escapa, y cambiará el mundo; a partir de este encuentro con Él se podrán y se deberán hacer muchas cosas, unas espontáneas, casi naturales, otras más pensadas y proyectadas comunitariamente, como ha sido en los mejores tiempos de la Iglesia; y esto es, llamémosle como sea, EVANGELIZAR DE NUEVO, con nuevos métodos y lenguajes, y sobre todo con nuevo ardor: dar a Cristo a nuestras gentes desalentadas que hambrean esperanza y consuelo, ofrecer remedios y respuestas que van más allá, ayudar y contribuir, colaborar, a que nazca y crezca una humanidad nueva con hombres y mujeres nuevos, con un nuevo estilo de vivir, el del Evangelio, que muestren lo que ha sucedido al aceptar y seguir a Jesucristo y así lo viven y proclaman en cuanto son o se les demande, pero que no se quedan aquí solo sino que van más allá y abren un grandísimo horizonte de luz. Este es el gran reto que tenemos, en el que se nos pide ofrecer lo que tenemos y aportarlo con sus consecuencias humanas, sociales, religiosas, culturales, y políticas, económicas, de reconstrucción de un mundo nuevo y una humanidad nueva con hombres y mujeres nuevos. "Vigilad y orad, para que no entréis en tentación". Evangelizar de rodillas.

Esto es lo que quería compartir con vosotros con esta comunicación, deciros una vez más, como trataremos de hacer con el Sínodo Diocesano: tenemos el Evangelio y busquemos en él, como en la alegoría del arcón, cosas viejas y nuevas y pongámonos manos a la obra, en el brete de hacer eso nuevo y viejo reales y eficaces, con el auxilio que siempre nos viene y vendrá del Señor, con fe, confianza, perseverancia, oración y súplica a Dios, cercano y que nos escucha, para quien nada hay imposible, y sin olvidar la palabra de María que nos anima a que sirvamos a Cristo, sirviéndonos de medios e instrumentos para que se dé y continúe la alegría, que viene de Él, y anticipa la alegría final a la que aspiramos, por el deseo puesto por Dios en nuestro corazón e inscrito por Él, desde el principio, en nuestra gramática humana.

Sin nerviosismos, sin prisas, que nunca son buenas, pensando, con humildad y paciencia y sensatez y confianza edificaremos juntos o reconstruiremos juntos con el Señor la casa común después de la pandemia, y por eso hagamos o habríamos de hacer también planes de futuro, como enseña Jesús cuando nos dice que hay que proyectar antes de edificar; para esto, sin duda, habría que ponernos a trabajar en común y sumar esfuerzos, por ejemplo, convocando y reuniendo a políticos, empresarios, trabajadores, cristianos que, a partir del Evangelio, a su luz, y las enseñanzas de la Iglesia, plasmen ese Evangelio en proyectos sociales; también habría que llamar a economistas, a personas con medios económicos, o a profesores e investigadores, a intelectuales y a gentes sencillas, a médicos, enfermeros y enfermeras, responsables y expertos del ámbito de la salud, a universidades en común, a grupos de profesionales o de observatorios sociopolíticos, culturales, de pensamiento y acción, grupos educativos y de comunicación, cristianos, a miembros de seguridad y defensa y que vean cada uno, desde su competencia, qué aportar y qué se podría hacer, anticipándose, ante el inmediato futuro que mañana mismo va a llegar. También habría que pensar en los sacerdotes porque también ellos deben animar y dar aliento y vida a cristianos que lo necesitan, alentar e ir delante y acompañando a las comunidades. iAdelante!, pues. Pensemos en los actuales momentos que vivimos para que las cosas se hagan bien, conforme a lo que Dios quiere. Pero pensemos también en el futuro, en el que tal vez podamos encontrarnos en otras situaciones nuevas y no previstas, incluso nuevas e inéditas iniciativas, que necesitarán, sin duda fe y ayuda de Dios, pero también colaboración y concordia de todos. Nos ayudará mucho en este hacer un futuro nuevo el Documento de la Pontificia Academia para la Vida "Humana Communitas”. Por eso os digo a todos: ¡Amunt y avant! iÁnimo y adelante, en nombre del Señor!

En todo caso creo que habría que aprender mucho de este tiempo de pandemia. Por ejemplo, me ha maravillado y me ha cautivado el ejemplo y testimonio que están dando tantos médicos, enfermeros y enfermeras, cuidadores, servidores de la sociedad desde sus farmacias o desde los comercios agroalimentarios, empresarios, trabajadores en concreto de limpieza: han sido, están siendo un verdadero y auténtico ejemplo con su entrega, su volcarse sobre o en favor de las personas, su dejar dar la vida por los demás, su atención a los enfermos hasta la extenuación, su generosidad, su poner hasta en riesgo sus propias vidas... No sé si son cristianos todos o si están inspirados en ese proceder y actuar suyo reflexivamente desde el Evangelio; lo que sí puedo y podemos asegurar es que el Evangelio, con la fuerza de Dios, no está lejos de ellos, y está actuando en ellos y actuándose y haciéndose presente en ellos. iGracias! iMil millones de gracias a todos, sin dejarme a ninguno! Y lo mismo habría que decir de los militares y agentes de la seguridad del Estado que nos han ofrecido y están ofreciendo un ejemplo tan conmovedor y tan anónimo, y tantos otros; están siendo unos días muy ricos en enseñanzas para aprender y secundar, como también en conductas o "ejemplos" que no debemos seguir, porque se ven a la legua cargados de ideología, egoísmo o de interés por el poder, también habría que fijarse en el comportamiento de algunos políticos, dignos del mayor encomio por su libertad y búsqueda del bien común y, también el de religiosas, el de voluntarios y responsables de Cáritas, de los sacerdotes, admirable comportamiento el suyo que desde la soledad y el silencio están prestando tan ejemplar testimonio, y tal vez no reconocido socialmente, o el de las religiosas contemplativas tan olvidadas, ese testimonio y servicio suyo tan fundamental e imprescindible de oración y penitencia. He de reconocer que todo este tiempo doloroso está siendo un aliento para vivir en verdad la comunión a cuyo servicio me encuentro y nos encontramos. Todos estos gestos, más abundantes de lo que parece, nos están diciendo a voces: iHoy es el día de Señor, es día abierto a la esperanza! iOjalá escuchemos hoy la voz del Señor, no endurezcamos nuestro corazón!

Que Dios nos ayude y nos dejemos ayudar por Dios, porque el auxilio en esta situación tan difícil nos viene y vendrá de Él, para quien nada es imposible. A Él nos encomendamos, en sus manos ponemos nuestras vidas e inquietudes, nuestros afanes, nuestros proyectos. Y acudimos a su Madre, de quien nos viene la esperanza y la alegría que trae su Hijo. A Ella, Madre de los Desamparados y salud del pueblo, que está en el cielo y nos fue dada por Madre junto a la cruz encomiendo todo esto y a las personas que lo viven, lo sufren o tienen miedo. Los ejemplos tomados del Evangelio que he recordado antes, nos pueden ayudar y los misterios que conmemoramos, hace meses en el tiempo de la Pascua, y siempre, son nuestra luz, nuestro consuelo, porque en la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo está la esperanza de nuestra feliz resurrección y de vuelta a la vida, que es donde se encuentra el verdadero juicio de Dios, siempre de misericordia, de aliento, de amor y de vida. Vayamos a Él si estamos cansados y agobiados y hallaremos el alivio y el consuelo.

Con mis mejores deseos para todos, un abrazo cordial a todos en Cristo Jesús, nuestra esperanza y nuestra salvación, pero no nos crucemos de brazos, vigilemos y oremos, actuemos y ayunemos, en nombre de Dios, de Jesucristo Nazareno y pongamos a esta humanidad en pie, en camino, a hacer camino hacia adelante, hacia la patria y la casa que Dios nos promete y concede, la suya, la de la vida eterna, la de la familia y fraternidad que somos todos, ya que tenemos al mismo Padre, Dios, y todos somos hermanos en Jesucristo por el Espíritu Santo.

Valencia, a 1 de septiembre de 2020, fiesta de Nuestra Señora de los Ángeles del
Puig.


+Antonio Cañizares Llavera
Arzobispo de Valencia
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