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  San Jaime Apóstol
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EL AMIGO DEL SEÑOR
(San Jaime Apóstol, 25 de julio de 2020)

Jaime, hermano de Juan, ambos hijos del pescador de Galilea llamado “el Zebedeo”, junto con Pedro forma parte del grupo de los apóstoles más íntimamente relacionado con el Señor. Llamado por Jesús en la orilla del lago de Genesaret, lo acompañó desde el principio de su predicación y con los otros dos mencionados antes, estuvo junto al Maestro en momentos gloriosos como la transfiguración o la resurrección de la hija de Jairo y dolorosos como la vigilia en el monte de los olivos.

La gran difusión de su culto ha hecho que su nombre sufriera muchas deformaciones, y así el “Jacob” originario dio origen a los valencianos Jacme y Jaume, y a los castellanos Jacobo, Jaime, Yago y Santiago.

Tuvo un carácter apasionado que mereció que Jesús le pusiera, como a su hemano Juan, el apodo de “hijo del trueno”; por ello no es de extrañar que el rey Herodes Agripa lo eligiera para dar un escarmiento a los demás discípulos al comienzo de la predicación apostólica y lo hiciera decapitar en Jerusalén alrededor de la fiesta de Pascua del año 43 o 44. Según la tradición, sus restos fueron llevados al Finisterre del mundo entonces conocido y sepultado en las tierras hispanas que habría visitado en un viaje misionero.

El Camino de Santiago

Desde el siglo IX el sepulcro de Santiago en Compostela (al igual que el de san Pedro en Roma, y la tumba vacía del Señor en Jerusalén) es uno de los centros mundiales de peregrinación, al que se llega por los diferentes “caminos” que parten de todos los extremos de Europa. Cuando la fiesta de san Jaime cae en domingo, es el Año Jacobeo, la “gran perdonanza” en que se otorga de modo especial la gracia de la indulgencia plenaria para sanar el reato de culpa de los pecados.

Por medio de esas huellas de peregrinos que se acumulan por encima de un viejo cementerio, España ha hecho llegar a Europa uno de los mensajes humanos más importan¬tes, hasta enraizarlo en sus normas jurídicas. Tenemos que acostumbrarnos a entender que no hay delito o pecado, por graves que estos sean, que no pueda alcanzar el perdón, siempre, eso sí, que se cumplan las tres condiciones que se colocaban sobre los hombros de los peregrinos: arrepentimiento con voluntad de enmienda, reconocimiento y confesión del daño causado, y una “verdadera y fructuosa penitencia”.

Ya hace muchos siglos, el Codex Callistinus cantaba las maravillas de la peregrinación a Santiago como instrumento de cambio de vida y de santificación:

“El camino de peregrinación es cosa muy buena, pero es estrecho. Pues es estrecho el camino que conduce al hombre a la vida; en cambio, ancho y espacioso el que conduce a la muerte. El camino de peregrinación es para los buenos: carencia de vicios, mortificación del cuerpo, aumento de las virtudes, perdón de los pecados, penitencia de los penitentes, camino de los justos, amor de los santos, fe en la resurrección y premio de los bienaventurados, alejamiento del infierno, protección de los cielos. Aleja de los suculentos manjares, hace desaparecer la voraz obesidad, refrena la voluptuosidad, contiene los apetitos de la carne que luchan contra la fortaleza del alma, purifica el espíritu, invita al hombre a la vida contemplativa, humilla a los altos, enaltece a los humildes, ama la pobreza.” (Liber Sancti Jacobi; Codex Calixtinus)
La palabra de Dios y san Jaime.

La liturgia de la palabra comienza relatando los motivos y el hecho del martirio de este apóstol, del que san Pablo hace un interpretación personal en la segunda lectura: “Llevamos en el cuerpo la muerte de Cristo” (2 Cor 4, 10), de modo que toda la vida del discípulo está unida a la del Salvador y a su misterio pascual; cuando el creyente padece o muere, es Cristo quien está completando su pasión y quien muere para resucitar glorioso. La breve vida apostólica de san Jaime, unos diez años, fue el compendio de las vidas de todos los demás apóstoles: ser testigo de la resurrección de Jesús y morir como testigo de esta fe que proclamaba: “Creí y por eso hablé” (2 Cor 4, 13). En el Evangelio aparece el joven e impulsivo Jacob, decidido a todo para ser uno de los jefes del nuevo reino de Israel, que creía que iba a imponer su admirado Jesús. Como lo proclama la plegaria eucarística de este día, el Señor le dio la misión de ser el primero en gustar su muerte, su cáliz de dolor: “Mi cáliz lo beberéis, pero el puesto a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, es para aquellos para quienes lo tiene reservado mi Padre” (Mt 20, 23). Así hizo su mejor servicio y, desde entonces, luce como estrella en la mano de Cristo para orientarnos hacia Él.

LA PALABRA DE DIOS EN ESTA SOLEMNIDAD

Primera lectura. Hechos de los apóstoles 4,33; 5,12.27-33; 12,2: La lectura narra brevemente el martirio de san Jaime. No murió por unos principios políticos o ideológicos, sino por una persona que había conocido en vida y resucitado.

Segunda lectura. 2 Coríntios 4, 7-15: San Pablo destaca el contraste entre la grandeza del ministerio apostólico y la debilidad de la persona del enviado de Cristo. Nuestras flaquezas y sufrimientos son generadores de vida para nosotros y para aquellos a quienes transmitimos la fe.

Evangelio de Mateo 20, 20-28: Este pasaje del evangelio tiene tres momentos: la petición atrevida de los hermanos Juan y Jaime, la reacción enfadada de los demás discípulos y la enseñanza de Jesús sobre el verdadero valor del servicio al Reino de Dios, que puede llegar a compartir la pasión del Maestro con el martirio, como ocurrió con nuestro santo patrono.


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