Hoy es martes 12 de noviembre de 2019
Menú
Inicio / Liturgia





  Domingo XXXII del tiempo ordinario
Ciclo C
pixel

  Primera lectura
  El Rey del universo nos resucitará para una vida eterna.
Lectura del segundo libro de los Macabeos 7, 1-2. 9-14

En aquellos días, sucedió que arrestaron a siete hermanos con su madre. El rey los hizo azotar con látigos y nervios para forzarlos a comer carne de cerdo, prohibida por la Ley.

Uno de ellos habló en nombre de los demás: «¿Qué pretendes sacar de nosotros? Estamos dispuestos a morir antes que quebrantar la ley de nuestros padres».

El segundo, estando a punto de morir, dijo:

- «Tú, malvado, nos arrancas la vida presente; pero, cuando hayamos muerto por su ley, el Rey del universo nos resucitará para una vida eterna».

Después se burlaron del tercero. Cuando le pidieron que sacara la lengua, lo hizo enseguida y
presentó las manos con gran valor. Y habló dignamente: «Del cielo las recibí y por sus leyes las desprecio; espero recobrarlas del mismo Dios».

El rey y su corte se asombraron del valor con que el joven despreciaba los tormentos.

Cuando murió éste, torturaron de modo semejante al cuarto.

Y, cuando estaba a punto de morir, dijo: «Vale la pena morir a manos de los hombres, cuando se tiene la esperanza de que Dios mismo nos resucitará. Tú, en cambio, no resucitarás para la vida».

  Salmo responsorial
  Sal 16, 1. 5-6. 8 y 15
R. Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor.

Señor, escucha mi apelación, atiende a mis clamores,
presta oído a mi súplica,
que en mis labios no hay engaño. R.

Mis pies estuvieron firmes en tus caminos, y no vacilaron mis pasos.
Yo te invoco porque tú me respondes, Dios mío; inclina el oído y escucha mis palabras. R.

Guárdame como a las niñas de tus ojos, a la sombra de tus alas escóndeme.
Yo con mi apelación vengo a tu presencia,
y al despertar me saciaré de tu semblante. R.

  Segunda lectura
  Que el Señor os dé fuerza para toda clase de palabras y obras buenas.
Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses 2, 16-3, 5

Hermanos:

Que el mismo Señor nuestro, Jesucristo, y Dios, nuestro Padre, que nos ha amado y nos ha regalado un consuelo eterno y una esperanza dichosa, consuele vuestros corazones y os dé fuerza para toda clase de palabras y obras buenas.

Por lo demás, hermanos, orad por nosotros, para que la palabra de Dios siga avanzando y sea
glorificada, como lo fue entre vosotros, y para que nos veamos libres de la gente perversa y malvada, porque la fe no es de todos.

El Señor, que es fiel, os dará fuerzas y os librará del Maligno.

En cuanto a vosotros, estamos seguros en el Señor de que ya cumplís y seguiréis cumpliendo todo lo que os hemos mandado.

Que el Señor dirija vuestro corazones hacia el amor de Dios y la paciencia en Cristo.

  Aleluya
 

Ap 1, 5a. 6b
R. Aleluya, aleluya, aleluya.

Jesucristo es el primogénito de entre los muertos;
a él, la gloria y el poder por los siglos de los siglos. R.


  Evangelio
 

No es Dios de muertos, sino de vivos.
Lectura del santo Evangelio según san Lucas 20, 27-38

En aquel tiempo, se acercaron algunos saduceos, los que dicen que no hay resurrección, y preguntaron a Jesús:

«Maestro, Moisés nos dejó escrito: “Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero sin hijos, que tome la mujer como esposa y dé descendencia a su hermano”. Pues bien, había siete hermanos; el primero se casó y murió sin hijos. El segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete, y murieron todos sin dejar hijos. Por último, también murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete la tuvieron cono mujer».

Jesús les dijo: «En este mundo los hombres se casan y las mujeres toman esposo, pero los que sean juzgados dignos de tomar parte en el mundo futuro y en la resurrección de entre los muertos no se casarán ni ellas serán dadas en matrimonio. Pues ya no pueden morir, ya que son como ángeles; y son hijos de Dios, porque son hijos de la resurrección.

Y que los muertos resucitan, lo indicó el mismo Moisés en el episodio de la zarza, cuando llama al
Señor “Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob”. No es Dios de muertos, sino de vivos: porque para él todos están vivos».


  Comentarios
 

LA SALVACIÓN (III): LA VIDA ETERNA
(32º Domingo ordinario -C-, 10-Noviembre-2019)

Los últimos discursos de Jesús en Jerusalén.

El domingo pasado el Evangelio situaba a Jesús en Jericó, y hoy lo tenemos ya en Jerusalén, después de la entrada triunfal en la ciudad santa. En estos últimos días antes de la Pasión, el Señor parece preocupado sobre todo por enseñar y dar testimonio de su misión salvadora, ya sea respondiendo a las preguntas que le llegaban de las diferentes sectas judías, como proclamando el fin de la etapa del Antiguo testamento y la próxima destrucción del templo y la ciudad de Jerusalén. Son días oscuros, llenos de presagios, en los que nos movemos durante estos últimos domingos del Tiempo Ordinario.

La salvación sobrenatural, revelada progresivamente.

En esta ocasión, Jesús ha de responder a una pregunta bastante legalista y muy poco seria que le llegó de parte de los saduceos: ¿De quien sería esposa eternamente una mujer que hubiese enterrado sucesivamente a siete maridos? (cf. Lucas 20,33). De este modo querían ironizar acerca de la doctrina de Jesús sobre la salvación eterna.

Este es uno de los temas que han sido revelados por Dios de forma progresiva. En tiempos de los patriarcas y de los reyes, no se creía más que en una retribución divina en esta vida, quedando en el misterio el más allá de la muerte. Luego, en la última etapa del Antiguo Testamento era bastante común la creencia en la resurrección de los muertos, si bien limitada a los justos y a los mártires, como los siete hermanos de la primera lectura, que murieron confesando valerosamente: El Rey del universo nos resucitará para una vida eterna (2 Macabeos 7, 9; Primera lectura).

Los fariseos ya extendían esta resurrección a toda la humanidad. Sin embargo, Jesús se remontó al testimonio más antiguo de Moisés para fundamentar su doctrina acerca de la vida eterna y la resurrección de los muertos: "Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob." No es Dios de muertos, sino de vivos: porque para él todos están vivos (Lc 20, 37-38).

La bienaventuranza eterna, finalidad de la salvación

Jesús enseña claramente que la salvación eterna es una gracia sobrenatural de Dios y no una simple consecuencia de nuestra naturaleza en parte "espiritual". No se trata, como dicen algunos, de que "algo ha de haber después de la muerte", o de una vaga supervivencia del alma, sino de una obra poderosa del Dios que mantiene a los justos vivos para él y que resucitó a Jesús de entre los muertos: Los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos, no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles, son hijos de Dios, porque participan de la resurrección ( Lc 20,35-36). Jesús va mucho más lejos, con estas palabras, de quienes creían que el tener hijos era la forma de asegurarse una cierta supervivencia; el Señor rectifica esta opinión: solo vale el ser hijos de la resurrección. La salvación no es cosa de este mundo. Esta vida, con sus injusticias y absurdos, adquirirá sentido para quienes renazcan como hijos de Dios en la resurrección, porque serán dignos de ella. Jesús unió la promesa de la resurrección a su propia exaltación después de la muerte, resumiéndolo en su lema: Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá (Jn 11,25).

La fe en la resurrección total e integral del ser humano es uno de los motivos de contraste más frecuentes con la mentalidad mundana; se acepta muy comúnmente que, después de la muerte, la vida de la persona humana continúa de una forma espiritual. Pero ¿cómo creer que este cuerpo tan manifiestamente mortal pueda resucitar a la vida eterna? Sin embargo este es un elemento imprescindible del cristianismo. Como declaraba Tertuliano en el siglo II: "La resurrección de los muertos es esperanza de los cristianos; somos cristianos por creer en ella".

Colaborar en la obra de la salvación

En relación con el tema de estos últimos domingos, la Iglesia nos hace leer la segunda carta de san Pablo a los Tesalonicenses, en la que advierte que el no debemos vivir ansiosos por el fin del mundo, sino trabajar con la gracia de Dios a fin de no perder la salvación. Lo normal no es encontrarnos en un trance como el de los mártires, ya fueran aquellos de la antigüedad o de nuestra historia reciente, pero todos hemos de seguir adelante con toda clase de palabras y obras buenas, a pesar de las contrariedades, porque ya nos declara el Apóstol que la fe no es de todos (2 Tes 3,2; Segunda lectura). Por todo ello, hemos de rogar constantemente que el Señor dirija nuestros corazones para que amemos a Dios y tengamos la constancia de Cristo (3,5), el cual no vaciló en su confianza y obediencia hacia el Padre, entrando glorificado en la bienaventuranza a la que nos llama como Salvador nuestro.

Esperando el cielo con los pies en la tierra

La esperanza en la vida eterna no nos puede dejar en un “angelismo”, pues, como nos enseña el Concilio Vaticano II: “La espera de una tierra nueva no debe debilitar, sino más bien avivar la preocupación de cultivar esta tierra, donde crece aquel cuerpo de la nueva familia humana, que puede ofrecer ya un cierto esbozo del siglo nuevo. Por ello, aunque hay que distinguir cuidadosamente el progreso terreno del crecimiento del Reino de Cristo, sin embargo, el primero, en la medida en que puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa mucho al Reino de Dios" (GS 39, 2). Porque las obras y trabajos hechos conforme a la ley de Dios”. "Todos estos frutos buenos de nuestra naturaleza y de nuestra diligencia, tras haberlos propagado por la tierra en el Espíritu del Señor y según su mandato, los encontramos después de nuevo, limpios de toda mancha, iluminados y transfigurados cuando Cristo entregue al Padre el reino eterno y universal" (GS 39, 3; cf. LG 2). Dios será entonces "todo en todos" (1 Co 15, 22), en la vida eterna.

En el día de la Iglesia Diocesana. Sacramento de la salvación

Las lecturas de estos domingos nos enseñan que la obra de la Iglesia, y concretamente de nuestra Iglesia que peregrina en Valencia, sigue una programación cuyo fin está más allá de este mundo. Del mismo modo que reconocemos que en el origen de toda nuestra actividad viene de la gracia de Dios, sin la cual no podemos hacer nada, así también cuando descubrimos las raíces bautismales de nuestra vocación y de nuestra misión en la Iglesia y en el mundo, hemos de tener presente que esta misión se dirige a anunciar y realizar la salvación eterna propia y de todos nuestros hermanos. La Iglesia se diferencia, pues, de otras organizaciones de ayuda a los demás, en que sus obras de salvación de la pobreza, el hambre, la guerra o la ignorancia son los signos de la llegada del Reino eterno al que estamos destinados.

Jaime Sancho Andreu

LA PALABRA DE DIOS ESTE DOMINGO

Primera lectura y Evangelio. 2 Macabeos 7,1-2.9-14 y Lucas 20,27-38: En la última etapa del antiguo Testamento era bastante común la creencia en la resurrección de los muertos, si bien limitada a los justos y a los mártires, como los siete hermanos de la primera lectura. Sin embargo, Jesús se remontó al testimonio más antiguo de Moisés para fundamentar su doctrina acerca de la vida eterna y la resurrección de los muertos.

Segunda lectura. 2 Tesalonicenses 2,16-3,5: Una vez más, san Pablo nos enseña que los cristianos no hemos de sentir temor ante el fin de los tiempos; lo importante es tener la fuerza de Dios "para toda clase de palabras y obras buenas".


« volver
Buscador de Noticias:      Búsqueda avanzada


Enlaces destacados
Arzobispado de Valencia
C/ Palau
Teléfono: +34 96 382 97 00
archivalencia@archivalencia.org
46003 Valencia
Fax: +34 96 391 81 20
www.archivalencia.org
©Archivalencia.org