Hoy es martes 19 de junio de 2018
Menú
Inicio / Liturgia





  Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo
Ciclo B
pixel

  Primera lectura
  Ésta es la sangre de la alianza que el Señor ha concertado con vosotros
Lectura del libro del Éxodo 24, 3-8

En aquellos días, Moisés bajó y contó al pueblo todas las palabras del Señor y todos sus decretos; y el pueblo contestó con voz unánime: «Cumpliremos todas las palabras que ha dicho el Señor».

Moisés escribió todas las palabras del Señor. Se levantó temprano y edificó un altar en la falda del
monte, y doce estelas, por las doce tribus de Israel. Y mandó a algunos jóvenes de los hijos de Israel ofrecer al Señor holocaustos e inmolar novillos como sacrificios de comunión. Tomó Moisés la mitad de la sangre y la puso en vasijas, y la otra mitad la derramó sobre el altar. Después, tomó el documento de la alianza y se lo leyó en alta voz al pueblo, el cual respondió: «Haremos todo lo que ha dicho el Señor y le obedeceremos».

Entonces Moisés tomó la sangre y roció al pueblo, diciendo: «Esta es la sangre de la afianza que el Señor ha concertado con vosotros, de acuerdo con todas estas palabras».

  Salmo responsorial
  Sal 115, 12-13. 15 -16. 17-18
R. Alzaré la copa de la salvación, invocando el nombre del Señor.

¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando el nombre del Señor. R.

Mucho le cuesta al Señor la muerte de sus fieles.
Señor, yo soy tu siervo, hijo de tu esclava;
rompiste mis cadenas. R.

Te ofreceré un sacrificio de alabanza, invocando tu nombre, Señor.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo. R.

  Segunda lectura
  La sangre de Cristo podrá purificar nuestra conciencia
Lectura de la carta a los Hebreos 9, 11-15

Hermanos:
Cristo ha venido como sumo sacerdote de los bienes definitivos. Su «tienda» es más grande y más perfecto: no hecha por manos de hombre, es decir, no de este mundo creado. No lleva sangre de machos cabríos, ni de becerros, sino la suya propia; y así ha entrado en el santuario una vez para siempre, consiguiendo la liberación eterna.

Si la sangre de machos cabríos y de toros, y la ceniza de una becerra, santifican con su aspersión a los profanos, devolviéndoles la pureza externa, ¡cuánto más la sangre de Cristo, que, en virtud del Espíritu eterno, se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha, podrá purificar nuestra conciencia de las obras muertas, para que demos culto al Dios vivo.

Por esa razón, es mediador de una alianza nueva: en ella ha habido una muerte que ha redimido de los pecados cometidos durante la primera alianza; y así los llamados pueden recibir la promesa de la herencia eterna.

  Aleluya
 

Aleluya Jn 6, 51

R. Aleluya, aleluya, aleluya
Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo - dice el Señor -;
el que coma de este pan vivirá para siempre. R.


  Evangelio
 

Esto es mi cuerpo. Ésta es mi sangre
Lectura del santo evangelio según san Marcos 14, 12-16. 22-26

El primer día de los Ácimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dijeron a Jesús sus discípulos: «¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?»

Él envió a dos discípulos, diciéndoles: «ld a la ciudad, os saldrá al paso un hombre que lleva un cántaro de agua; seguidlo y, en la casa en que entre, decidle al dueño: “El Maestro pregunta: ¿Cuál es la habitación donde voy a comer la Pascua con mis discípulos?” Os enseñará una sala grande en el piso de arriba, acondicionada y dispuesta. Preparádnosla allí»

Los discípulos se marcharon, llegaron a la ciudad, encontraron lo que les había dicho y prepararon la Pascua. Mientras comían, tomó pan y, pronunciando la bendición, lo partió y se lo dio diciendo: «Tomad, esto es mi cuerpo.»

Después, tomó el cáliz, pronunció la acción de gracias, se lo dio y todos bebieron. Y les dijo:
«Esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos. En verdad os digo que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día que beba el vino nuevo en el reino de Dios».

Después de cantar el himno, salieron para el monte de los Olivos.


  Comentarios
 

COMULGAMOS EN LA SANGRE REDENTORA DE CRISTO
(Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo -B-, 3 de Junio de 2018)

La sangre redentora de Jesucristo

Cada año se celebra la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo bajo uno de sus aspectos, y así en este año B se pone de relieve especialmente el valor redentor de la Sangre del Salvador, derramada en el Calvario y ofrecida sacramentalmente tanto en la última Cena como en el sacrificio eucarístico. Las lecturas de este año presentan este tema conforme a la historia de la salvación, y por ello recordamos en primer lugar el sacrificio que selló la Antigua Alianza en el Sinaí, para presentar luego en el Evangelio la institución por Jesucristo del sacramento de la nueva y definitiva Alianza. La redención significa la liberación de los poderes que impedían la salvación de la humanidad por medio de un Redentor, Jesús, que realizó esta obra de Dios poniendo su vida como muestra de perfecta obediencia ante el Padre, como precio de nuestra redención.

El “asombro agradecido” ante el don de la Eucaristía.

En esta solemnidad merece que nos fijemos en lo que dice en la conclusión de las palabras consagrantes de Cristo, iniciando la gran anamnesis que proclama la asamblea: «Mysterium fidei! – ¡Éste es el Misterio de la fe!». Cuando el sacerdote pronuncia o canta estas palabras, los presentes aclaman: «Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ¡ven Señor Jesús!».
Con éstas o parecidas palabras, la Iglesia, a la vez que se refiere a Cristo en el misterio de su Pasión, revela también su propio misterio: La eucaristía hace a la Iglesia. Si con el don del Espíritu Santo en Pentecostés la Iglesia nace y se encamina por las vías del mundo, un momento decisivo de su formación es ciertamente la institución de la Eucaristía en el Cenáculo. Su fundamento y su hontanar es todo el Triduo Pascual, pero éste está como incluido, anticipado, y «concentrado» para siempre en el don eucarístico. En este don, Jesucristo entregaba a la Iglesia la actualización perenne del misterio pascual. Con él instituyó una misteriosa «contemporaneidad» entre aquel “Triduo Sacro” y el transcurrir de todos los siglos.
Este pensamiento nos lleva a sentimientos de gran asombro y gratitud. El acontecimiento pascual y la Eucaristía que lo actualiza a lo largo de los siglos tienen una «capacidad» verdaderamente enorme, en la que entra toda la historia como destinataria de la gracia de la redención. Este asombro ha de inundar siempre a la Iglesia, reunida en la celebración eucarística. Pero, de modo especial, debe acompañar al ministro de la Eucaristía. En efecto, es él quien, gracias a la facultad concedida por el sacramento del Orden sacerdotal, realiza la consagración. Con la potestad que le viene del Cristo del Cenáculo, dice: «Esto es mi cuerpo, que será entregado por vosotros... Éste es el cáliz de mi sangre, que será derramada por vosotros». El sacerdote pronuncia estas palabras o, más bien, pone su boca y su voz a disposición de Aquél que las pronunció en el Cenáculo y quiso que fueran repetidas de generación en generación por todos los que en la Iglesia participan ministerialmente de su sacerdocio.

La Sangre eucarística de Cristo

El Cuerpo y la Sangre de Cristo forman una unidad inseparable en la gloria, pero son representados sacramentalmente en la Eucaristía, como memorial de su muerte y ampliación del sentido de comunión unidad y redención que el pan y el vino tenían ya en la cena judía. Por eso la comunión bajo las dos especies expresa de forma más completa la recepción de las gracias que participamos en esta comida sacrificial.

El simbolismo del vino y de la Sangre va unido al del cáliz como copa de elección, cáliz que se bebe asumiendo un destino y comunión en la alegría de la liberación. Sobre todos los altares del mundo, cada cáliz, sencillo o precioso, se convierte en el cáliz del Señor. Por eso decimos en el Canon Romano: “Tomando este cáliz glorioso…”; son palabras que nos remiten también a la tradición del Santo Cáliz de la cena del Señor que conservamos en Valencia desde el siglo XV, y según la cual fueron pronunciados por los sucesores de Pedro cuando celebraban con esta preciada reliquia.

Para nosotros y para quienes nos visitan, este Santo Cáliz nos recuerda la autenticidad y la realidad histórica de la Eucaristía del cenáculo, que fue tan real como este vaso antiquísimo y prodigiosamente preservado a pesar de su fragilidad. En nuestra Iglesia de Valencia el Santo Cáliz es símbolo de la unidad eclesial en la Eucaristía, y como tal han recibido muchas parroquias una réplica del mismo. Es un nuevo motivo para ese “asombro agradecido” al que antes nos hemos referido.

De las catequesis del Papa Francisco sobre la Santa Misa (Audiencia del 7 de marzo de 2018)

“En el Misal hay varias fórmulas de Oración eucarística, todas constituidas por elementos característicos, que quisiera ahora recordar (cf. IGMR, 79; CIC, 1352-1354). Todas son bellísimas. En primer lugar está el Prefacio, que es una acción de gracias por los dones de Dios, en particular por el envío de su Hijo como Salvador. El Prefacio se concluye con la aclamación del «Santo», normalmente cantada. Es bonito cantar el «Santo»: «Santo, Santo, Santo el Señor». Es bonito cantarlo. Toda la asamblea une la propia voz a la de los ángeles y los santos para alabar y glorificar a Dios.

Después está la invocación del Espíritu para que con su poder consagre el pan y el vino. Invocamos al Espíritu para que venga y en el pan y el vino esté Jesús. La acción del Espíritu Santo y la eficacia de las mismas palabras de Cristo pronunciadas por el sacerdote, hacen realmente presente, bajo las especies del pan y del vino, su Cuerpo y su Sangre, su sacrificio ofrecido en la cruz de una vez para todas (cf. CIC, 1375). Jesús en esto ha sido clarísimo. Hemos escuchado cómo san Pablo al principio cuenta las palabras de Jesús: «Este es mi cuerpo, esta es mi sangre». «Esta es mi sangre, este es mi cuerpo». Es Jesús mismo quien dijo esto. Nosotros no tenemos que tener pensamientos extraños: «Pero, cómo una cosa que...». Es el cuerpo de Jesús; ¡es así! La fe: nos ayuda la fe; con un acto de fe creemos que es el cuerpo y la sangre de Jesús. Es el «misterio de la fe», como nosotros decimos después de la consagración. El sacerdote dice: «Misterio de la fe» y nosotros respondemos con una aclamación. Celebrando el memorial de la muerte y resurrección del Señor, en la espera de su regreso glorioso, la Iglesia ofrece al Padre el sacrificio que reconcilia cielo y tierra: ofrece el sacrificio pascual de Cristo ofreciéndose con Él y pidiendo, en virtud del Espíritu Santo, de convertirse «en, un solo cuerpo y un solo espíritu» (Plegaria Eucarística III). La Iglesia quiere unirnos a Cristo y convertirse con el Señor en un solo cuerpo y un solo espíritu. Y esta es la gracia y el fruto de la Comunión sacramental: nos nutrimos del Cuerpo de Cristo para convertirnos, nosotros que lo comemos, en su Cuerpo viviente hoy en el mundo”.

Jaime Sancho Andreu

LA PALABRA DE DIOS EN ESTA SOLEMNIDAD

Primera lectura y Evangelio. Éxodo 24, 3-8 y Marcos 14, 12-16.22-26: Cuando Dios liberó al pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto, selló la Antigua Alianza con la sangre de un sacrificio; con ello se tenía una profecía de la Nueva Alianza, sellada con la Sangre de Cristo, ofrecida sacramentalmente en la última cena y de forma cruenta en el altar de la cruz.

Segunda lectura. Hebreos 9, 11-15: La segunda lectura nos ofrece una reflexión sobre el valor redentor de la Sangre de Cristo que nos liberó para siempre del poder del pecado y nos ha dado la herencia de la patria eterna.


« volver
Buscador de Noticias:      Búsqueda avanzada
Enlaces destacados
Arzobispado de Valencia
C/ Palau
Teléfono: +34 96 382 97 00
archivalencia@archivalencia.org
46003 Valencia
Fax: +34 96 391 81 20
www.archivalencia.org
©Archivalencia.org