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TODOS LOS SANTOS, CONOCIDOS Y ANÓNIMOS
(1 de noviembre de 2017)

Lo santo y los santos.

La santidad es una característica del Dios tres veces santo (transcendente, todopoderoso, perfecto, espiritual); pero esta santidad se participa a los hijos de Dios y, por extensión, a las cosas dedicadas al culto divino. Sin embargo, en las personas la santidad tiene a la vez un sentido moral: el santo vive de acuerdo con la ley de Dios y en la imitación de Jesucristo, por ello se aparta de las formas de vida y las obras del mundo del pecado y se convierte efectivamente en propiedad de Dios, en un sacrificio de alabanza puro y permanente.

En la Iglesia todos sus miembros son llamados a la santidad, y deben ser fieles a la consagración que recibieron en los sacramentos de la iniciación cristiana, en cualquiera de los estados de vida que elijan. Desde este punto de vista la Iglesia, como el antiguo Israel, es el pueblo santo de Dios, aunque este formado por pecadores.

El culto a los santos.

Desde el principio de su historia, las Iglesias locales se sintieron edificadas por la enseñanza o por el ejemplo de algunos hombres y mujeres que vivieron el ideal cristiano con mayor perfección. En los primeros siglos fueron los apóstoles y los mártires quienes fueron reconocidos mediante sus honras fúnebres, la veneración de sus sepulcros y la oración acogiéndose a su intercesión. Poco a poco la memoria recurrente de su dies natalis o día natalicio para el cielo, que era el de su muerte o martirio, se convirtió en una fiesta de la comunidad que se incorporaba al calendario propio de celebraciones.

Saludando a la Virgen María como la santa Madre de Dios, el concilio de Éfeso (431) contribuyó a la difusión de su culto. También la Sagrada Escritura sirvió para nutrir el número de personas con santidad especial, como los ángeles, los patriarcas y profetas del Antiguo Testamento, y asimilados a ellos los padres de san Juan el Bautista y de la Virgen junto con san José, así como los varones y mujeres que acompañaron a Jesús o a los apóstoles en los primeros pasos de la Iglesia; si bien algunos de estos personajes no tuvieron un culto extendido hasta la edad media.

Se llega así a un nuevo concepto de “santo”: aquel o aquella de quien se tiene la certeza que está en la gloria junto a Dios. En los primeros tiempos cada Iglesia local tenía sus santos, algunos de los cuales fueron pronto venerados en toda la Iglesia católica. San Martín de Tours fue el primer santo reconocido que no fue mártir, luego vinieron las vírgenes consagradas, las viudas, los religiosos en sus propias órdenes y los seglares en sus comunidades eclesiales.

Las declaraciones de la Iglesia y la fiesta del 1 de noviembre.

Cada época tiene sus santos, y en nuestro tiempo, las beatificaciones y canonizaciones tiene como finalidad reconocer y proponer modelos de santidad cada vez más cercanos a nosotros y de todas las partes del mundo.

Pero hay que dejar claro que la Iglesia no “pone” a nadie en el cielo, y, como no se sabe de la salvación de la mayoría, reza por la salvación de todos los difuntos, como se hace de modo especial el 2 de noviembre.

Para no olvidar a los “santos anónimos”, ya en el año 610 el Papa san Bonifacio IV (608-615) dedicó el templo romano del Pantheón (de todos los dioses) a Santa María y todos los mártires; un siglo más tarde, el papa Gregorio III dedicó un oratorio en san Pedro en honor de Cristo y de su santa Madre, así como de “todos los santos mártires y confesores y justos llegados a la perfección, que reposan en el mundo entero”; Fue el comienzo de esta fiesta del 1 de noviembre, que se extendió en el siglo IX. Es nuestra fiesta y Jesús nos felicita si estamos de su lado, si merecemos sus bienaventuranzas.

La llamada universal a la santidad

Pero la Iglesia, o sea, todos nosotros, sabemos que son santos todos los bautizados y confirmados por el Espíritu, el cual toma posesión de sus corazones para siempre (Rom 5, 5). Puede parecernos curioso, pero la santidad es el punto de partida de la vida cristiana, no sólo el de llegada, porque los “talentos” se tienen desde el comienzo; pero se deben multiplicar, como se pueden conservar o perder, Pero el mismo Espíritu dispone para todos nosotros la “comunión de los santos”. O sea, que él, la divina Comunión trinitaria nos hace participar a los “santos” en las “cosas santas”, en los divinos misterios del Cuerpo y del Cáliz precioso del Hijo de Dios; como proclama el rito preparatorio de la comunión en la Misa hispano-mozárabe: Las cosas santas son para los santos.

Este don gratuito nos lleva hacia todas las demás realidades divinas y salvadoras. Los bautizados santos, en comunión entre ellos, son elevados así hacia la “divinización”.

El primero de noviembre hacemos fiesta por todo esto, por los santos del cielo y también por nosotros mismos en esperanza.


Jaime Sancho Andreu


LA PALABRA DE DIOS EN ESTA SOLEMNIDAD

Primera lectura. Apocalipsis 7, 2-4.9-14: El profeta del fin de los tiempos presenta la visión de los santos en el cielo, unos de ellos son del antiguo Israel, pero ve también a una muchedumbre incontable que son los santos del Nuevo Testamento.

Segunda lectura. 1 Carta de san Juan 3, 1-3: En la vida ordinaria no se conoce a los santos verdaderos, pero los cristianos tenemos la confianza de la salvación si vivimos de acuerdo con la condición de hijos de Dios.

Evangelio de Mateo 5, 1-12a: En el comienzo del sermón de la montaña, Jesús declaró las bienaventuranzas, que describen a los santos conforme al Evangelio: desprendidos, limpios de corazón y pacíficos, movidos siempre por el Espíritu.


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