Hoy es viernes 21 de julio de 2017
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  Domingo XIV del Tiempo Ordinario
Ciclo A
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  Primera lectura
  Mira a tu rey que viene a ti modesto
Lectura de la profecía de Zacarías 9, 9-10

Así dice el Señor:
«Alégrate, hija de Sión;
canta, hija de Jerusalén;
mira a tu rey que viene a ti justo y victorioso;
modesto y cabalgando en un asno, en un pollino de borrica.
Destruirá los carros de Efraín,
los caballos de Jerusalén,
romperá los arcos guerreros,
dictará la paz a las naciones;
dominará de mar a mar,
del Gran Río al confín de la tierra.»

Palabra de Dios

  Salmo responsorial
  Sal 144, 1-2. 8-9. 10-11. 13cd-14
R. Bendeciré tu nombre por siempre, Dios mío, mi rey.

Te ensalzaré, Dios mío, mi rey;
bendeciré tu nombre por siempre jamás.
Día tras día, te bendeciré
y alabaré tu nombre por siempre jamás. R.

El Señor es clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad;
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas. R.

Que todas tus criaturas te den gracias, Señor,
que te bendigan tus fieles;
que proclamen la gloria de tu reinado,
que hablen de tus hazañas. R.

El Señor es fiel a sus palabras,
bondadoso en todas sus acciones.
El Señor sostiene a los que van a caer,
endereza a los que ya se doblan. R.

  Segunda lectura
  Si con el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8, 9. 11-13

Hermanos:
Vosotros no estáis sujetos a la carne, sino al espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros.
El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo.
Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros.
Así, pues, hermanos, estamos en deuda, pero no con la carne para vivir carnalmente. Pues si vivís según la carne, vais a la muerte; pero si con el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis.
Palabra de Dios

  Aleluya
 

Mt. 11, 25
Bendito seas, Padre, Señor de cielo y tierra,
porque has revelado los secretos del reino a la gente sencilla.


  Evangelio
 

Soy manso y humilde de corazón
Lectura del santo evangelio según san Mateo 11, 25-30

En aquel tiempo, exclamó Jesús:
- «Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor.
Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.
Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.»

Palabra del Señor


  Comentarios
 

ULTIMAS INSTRUCCIONES A LOS DISCÍPULOS
(14º Domingo ordinario -A-, 9-Julio-2017)

La vida en Cristo

Después de las últimas solemnidades, volvemos a los domingos del tiempo ordinario y nos encontramos con la primera parte de la Carta de san Pablo a los Romanos y, a partir de este momento, el tema principal de esta gran carta alcanza un nuevo desarrollo: la vida cristiana debe ser vivida en el Espíritu y está destinada a la gloria. La justificación es también una consagración por el don del Espíritu Santo.

En la lectura de san Pablo, se nos insta a tener en nosotros el Espíritu de Dios (el Padre) y el Espíritu de Cristo, y a dejarnos llevar por él. El hombre carnal se lamenta bajo su carga, pero nosotros podemos alegrarnos gracias al Espíritu que habita en nosotros, el Espíritu del amor entre el Padre y el Hijo.

El Espíritu de filiación y de humildad

En el Evangelio, después que los discípulos volvieron de su primera misión, la instrucción de Jesús a los aprendices de apóstoles termina con una plegaria de acción de gracias, la eucaristía de Jesús, por la revelación del Padre que ha llegado a los hombres sencillos por medio de él; y concluye en una invitación a aceptar la nueva Ley, a la que llama del mismo modo con el que denominaban a la de Moisés: yugo y carga. Pero la norma de Cristo es llevadera y ligera, y consiste en imitar su mansedumbre y humildad de corazón. Manso como lo fue David, en el sentido de ser dócil a la voluntad de Dios; y humilde porque se abaja hasta el “humus”, el suelo y el polvo de la tierra de donde fuimos tomados los mortales, para reconocer el poder de Dios y mirar a los demás desde abajo, sin orgullo ni suficiencia. Así respondió Jesús a las profecías más auténticas sobre el Rey mesiánico, del mismo modo que en su entrada triunfal en Jerusalén, querrá reproducir la imagen profética - el rey humilde montado en un pollino - que se describe en la primera lectura.

La revelación a la gente sencilla.

Todo procede del Padre. Jesús, el revelador de la verdad de Dios, da gracias al Padre por poder serlo. Y ya está previsto en el plan de Dios que Jesús esconderá estas cosas a los sabios y entendidos - que lo rechazarán -, pues éstos creen que ya lo saben todo y que lo saben mejor que nadie, y se las revelará a la gente sencilla, es decir, a los que no son expertos en la doctrina de los doctores de la ley y que son los mismos que los pobres en el espíritu, los enfermos que tienen necesidad de médico, los que están agotados y desorientados como ovejas que no tienen pastor. Estos pobres tienen un espíritu abierto, un espíritu que no está lleno de mil teorías; aunque sean despreciados por los sabios y entendidos, Dios los ha elegido como destinatarios de su revelación. Entre estos pobres eligió Jesús a sus discípulos más directos, para demostrar aún más profundamente que el Hijo, en su humildad y abajamiento, sólo puede ser comprendido, tanto como mediador de las intenciones del Padre como en sus propios sentimientos y acciones, por la gente sencilla a la que se dirige. El mismo san Pablo, doctor de la ley, tuvo que reconocer su ignorancia y pobreza ante el misterio de Cristo, para poder anunciarlo.

Un solo mediador y revelador: Jesús.

Precisamente porque él - y nadie más que él - conoce las intenciones del Padre, puede pronunciar esta frase solemne y soberana: Todo me lo ha entregado mi Padre. La consecuencia es que nadie sino el Hijo conoce a fondo al Padre, y nadie conoce al Hijo de verdad más que el Padre: esta declaración levanta el velo del misterio trinitario, pues nos descubre una vida divina mucho más rica que la intuida en un Dios cerrado en su unidad solitaria.

La comunicación de los sentimientos del Hijo a los hombres, que viene a continuación, remite al Espíritu Santo, que pone en nuestros corazones los sentimientos del ambos, del Padre y del Hijo, algo que la segunda lectura subrayará expresamente: El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo (Romanos 8, 9).

Además, el Hijo no es un mero ejecutor de las órdenes del Padre , sino que tiene, como Dios que es, su propia voluntad soberana: él revela al Padre y se revela a sí mismo sólo a los que ha elegido para ello. La parte final de Evangelio nos dice quiénes son estos elegidos.

Los pobres, cansados y agobiados encontrarán alivio.

Están invitados por Jesús todos los cansados, agobiados u oprimidos por la razón que sea; a ellos se les promete alivio, descanso (los que no están cansados no tiene necesidad de él). Y ahora viene la paradoja: los que se acercan a Jesús llevan cargas pesadas ( la ley de Moisés, la carga de la vida y las consecuencias del pecado), pero el yugo ( la ley) de Jesús es llevadero y su carga ligera. Sin embargo, su carga, la cruz, es la más pesada que hay. Y no se puede decir que la cruz sólo sea pesada para Jesús y no para sus seguidores. ¿Cómo es que esta carga se vuelve ligera? La solución se encuentra en la actitud de Jesús, que se designa en el Evangelio como manso y humilde de corazón: aprended de mí, y en seguida experimentaréis que vuestra pesada carga se torna ligera, porque no os quejaréis, ni haréis comparaciones entre la carga de cada uno.

Anunciando todo esto, los profetas como Zacarías anunciaron que el Mesías vendría cabalgando en un asno, en una bestia de carga tan humilde como él mismo. Y del mismo modo, nos alegramos y damos gracias en nuestra Eucaristía de que el Hijo nos haya revelado el secreto de Dios y nos permita llevar con el parte de su yugo, de su cruz, junto a la carga suave de la ley del amor. Así se nos concederá en el Espíritu el descanso festivo del domingo sin fin y la paz entrañable de Dios.


Jaime Sancho Andreu


LA PALABRA DE DIOS EN ESTE DOMINGO

Primera lectura y Evangelio. Zacarías 9, 9-10 y Mateo 11, 25-30: El profeta Zacarías anunció la llegada de un Mesías humilde y pacífico, y así Jesús dice que debemos imitarle, porque es manso y humilde de corazón. La ley de Cristo es más suave y ligera de llevar que la de Moisés.

Segunda lectura. Romanos 8, 9.11-13: El tema principal de la gran carta paulina alcanza un nuevo desarrollo: la vida cristiana debe ser vivida en el Espíritu y está destinada a la gloria. La justificación es también una consagración por el don del Espíritu Santo.
























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