Hoy es domingo 31 de mayo de 2020
Menú
Inicio / Liturgia





  Domingo III de Pascua
Ciclo A
pixel

  Primera lectura
  No era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio.
Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 2, 14. 22-33

El día de Pentecostés, Pedro, poniéndose en pie junto a los Once, levantó su voz y con toda
solemnidad declaró:

«Judíos y vecinos todos de Jerusalén, enteraos bien y escuchad atentamente mis palabras.

A Jesús el Nazareno, varón acreditado por Dios ante vosotros con los milagros, prodigios y signos que Dios realizó por medio de él, como vosotros mismos sabéis, a este, entregado conforme el plan que Dios tenía establecido y previsto, lo matasteis, clavándolo a un cruz por manos de hombres inicuos.

Pero Dios lo resucitó, librándolo de los dolores de la muerte, por cuanto no era posible que esta lo retuviera bajo su dominio, pues David dice, refiriéndose a él:

“Veía siempre al Señor delante de mi, pues está a mi derecha para que no vacile.

Por eso se me alegró el corazón, exultó mi lengua, y hasta mi carne descansará esperanzada.

Porque no me abandonarás en el lugar de los muertos, ni dejarás que tu Santo experimente corrupción.

Me has enseñado senderos de vida, me saciarás de gozo con tu rostro”.

Hermanos, permitidme hablaros con franqueza: el patriarca David murió y lo enterraron, y su sepulcro está entre nosotros hasta el día de hoy. Pero como era profeta y sabia que Dios “le había jurado con juramento sentar en su trono a un descendiente suyo”, previéndolo, habló de la resurrección del Mesías cuando dijo que “no lo abandonará en el lugar de los muertos” y que “su carne no experimentará corrupción”.

A este Jesús lo resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos.

Exaltado, pues, por la diestra de Dios y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, lo ha derramado. Esto es lo que estáis viendo y oyendo».

  Salmo responsorial
  Sal 15, 1-2 y 5. 7-8. 9-10. 11
R. Señor, me enseñarás el sendero de la vida.

Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.
Yo digo al Señor:’«Tú eres mi Dios».
El Señor es el lote de mi heredad y mi copa;
mi suerte está en tu mano. R.

Bendeciré al Señor, que me aconseja,
hasta de noche me instruye internamente.
Tengo siempre presente al Señor,
con él a mi derecha no vacilaré. R.

Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas,
y mi carne descansa esperanzada.
Porque no me abandonarás en la región de los muertos,
ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción. R.

Me enseñarás el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a tu derecha. R.

  Segunda lectura
  Fuisteis liberados con una sangre preciosa, como la de un el cordero sin
mancha, Cristo.
Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro 1, 17 - 21

Queridos hermanos:

Puesto que podéis llamar Padre al que juzga imparcialmente según las obras, de cada uno, comportaos con temor durante el tiempo de vuestra peregrinación, pues ya sabéis que fuisteis liberados de vuestra conducta inútil, heredada de vuestros padres, pero no con salgo corruptible con oro o plata, sino con una sangre preciosa, como la de un cordero sin defecto y sin mancha, Cristo, previsto ya antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos por vosotros, que, por medio de él, creéis en Dios, que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria, de manera que vuestra fe y vuestra esperanza estén puestas en Dios.

  Aleluya
 

Aleluya Cf. Lc 24, 32
R. Aleluya, aleluya, aleluya.

Señor Jesús, explícanos las Escrituras;
haz que arda nuestro corazón mientras nos hablas. R.


  Evangelio
 

Lo reconocieron al partir el pan.
Lectura del santo Evangelio según san Lucas 24, 13-35

Aquel mismo día (el primero de la semana), dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén nos sesenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.

Él les dijo: «¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?».

Ellos se detuvieron con aire entristecido. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió:
«¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no sabes lo que ha pasado allí estos días?».

Él les dijo: «¿Qué?».

Ellos le contestaron: «Lo de Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado: pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron».

Entonces él les dijo: «¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?».

Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.

Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».

Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista.

Y se dijeron el uno al otro: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».

Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: «Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón»

Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.


  Comentarios
 

EL DOMINGO DE EMAÚS
(3º Domingo de Pascua-A-, 26 de abril de 2020)

En el tiempo de las apariciones del Resucitado.

En el tercer domingo de Pascua, los tres ciclos de lecturas traen relatos de apariciones del Señor en relación con una comida; así en el camino de Emaús (Ciclo A), en la siguiente aparición en el Cenáculo (Ciclo B), o en la orilla del Mar de Galilea donde Jesús resucitado, una vez más, parte el pan para sus discípulos (Ciclo C).

Conforme a este programa, este año leemos que, en la tarde del primer día de la semana, en la primera Pascua de resurrección, dos discípulos iban camino de Emaús, cerca de Jerusalén. No van invocando a Jesús, llamándolo para que se les aparezca, sino que caminan bajo el peso de la desilusión. Y es el Señor el que se les aproxima y se les revela.

Así, en este maravilloso episodio vemos cómo la fe pascual de la Iglesia se acrecienta mediante la interpretación que Jesús hace de sí mismo. Los discípulos que caminan con el desconocido hablaban de Jesús como si fuese un simple profeta; pero Jesús recurre a las Escrituras que se leían en las sinagogas: la Ley, los Profetas y los demás libros. Todo lo que se narra proféticamente en la Escritura indica que el sufrimiento y la muerte no son la última palabra de Dios sobre el hombre, sino que el Hombre definitivo, el Mesías, experimenta y comunica la salvación. En Jesús Dios se muestra como “la resurrección y la vida” (Juan 11, 25), después de que el Hijo fue inmolado “como cordero sin defecto ni mancha , previsto antes de la creación del mundo” (1 Pe, 1, 19-20). Por eso todas las antiguas Escrituras hablan de Cristo. Al término del relato, asistimos a la bendición eucarística del pan - Cristo parte el pan después de partir la palabra - y a la desaparición de Jesús, que deja su palabra y su sacramento a la Iglesia.
Del mismo modo a como ocurre en la celebración de la Misa, comenzamos escuchando la Palabra de Dios, que nos llega junto con la gracia del Espíritu Santo, para que comprendamos que allí está la obra de Jesús, como profecía o como cumplimiento. Pero todo esto no se queda en mero anuncio, sino que dando un paso más, en la liturgia eucarística, se vuelve a hacernos presente la ofrenda y la comunión del sacrificio redentor, enviándonos a proclamar a todos la alegre experiencia de quienes han estado con el Señor; él no se ha ida para abandonarnos, sino que se ha quedado entre nosotros, convocándonos cada domingo para partirnos el pan y aguardando nuestra visita en el sagrario del sacramento eucarístico.

«Quédate con nosotros, Señor, porque atardece y el día va de caída» (cf.Lc 24,29).

Ésta fue la invitación apremiante que, la tarde misma del día de la resurrección, los dos discípulos que se dirigían hacia Emaús hicieron al Caminante que a lo largo del trayecto se había unido a ellos. Abrumados por tristes pensamientos, no se imaginaban que aquel desconocido fuera precisamente su Maestro, ya resucitado. No obstante, habían experimentado cómo «ardía» su corazón mientras él les hablaba «explicando» las Escrituras. La luz de la Palabra ablandaba la dureza de su corazón y «se les abrieron los ojos». Entre la penumbra del crepúsculo y el ánimo sombrío que les embargaba, aquel Caminante era un rayo de luz que despertaba la esperanza y abría su espíritu al deseo de la plena luz. «Quédate con nosotros», suplicaron, y Él aceptó. Poco después el rostro de Jesús desaparecería, pero el Maestro se había quedado veladamente en el «pan partido», ante el cual se habían abierto sus ojos.

«Lo reconocieron al partir el pan» (Lc 24,35)

Es significativo que los dos discípulos de Emaús, oportunamente preparados por las palabras del Señor, lo reconocieran mientras estaban a la mesa en el gesto sencillo de la «fracción del pan». Una vez que las mentes están iluminadas y los corazones enfervorizados, los signos «hablan». La Eucaristía se desarrolla por entero en el contexto dinámico de signos que llevan consigo un mensaje denso y luminoso. A través de los signos, el misterio se abre de alguna manera a los ojos del creyente.

«Levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén» (Lc 24,33)

Los dos discípulos de Emaús, tras haber reconocido al Señor, «se levantaron al momento» (Lc 24,33) para ir a comunicar lo que habían visto y oído. Los cristianos ponemos nuestra fe y nuestra esperanza en Dios, que resucitó a la gloria a su Hijo Jesucristo, que se había ofrecido en sacrificio como “el Cordero de la nueva Pascua de la salvación” (Segunda lectura). Cuando se ha tenido verdadera experiencia del Resucitado, alimentándose de su cuerpo y de su sangre, no se puede guardar la alegría sólo para uno mismo. El encuentro con Cristo, profundizado continuamente en la intimidad eucarística, suscita en la Iglesia y en cada cristiano “la exigencia de evangelizar y dar testimonio”.

Jaime Sancho Andreu

LA PALABRA DE DIOS EN ESTE DOMINGO

Primera lectura. Hechos de los apóstoles 2, 14.22-23: El primer anuncio público de la resurrección del Señor, hecho por San Pedro en el día de Pentecostés, declara que la muerte y glorificación de Jesucristo son el cumplimiento de todo lo dispuesto por Dios para la redención de la humanidad, conforme estaba contenido en las profecías del Antiguo Testamento.

Segunda lectura. 1 Pedro 1, 17-21: Los cristianos ponemos nuestra fe y nuestra esperanza en Dios, que resucitó a la gloria a su Hijo Jesucristo, que se había ofrecido en sacrificio como el Cordero de la nueva Pascua de la salvación.

Evangelio de san Lucas 24, 13-55: El relato pascual de la aparición de Jesús a los caminantes de Emaús se dirige ahora a nosotros, que leemos las Escrituras con la mente iluminada por el Espíritu Santo, que es el don principal del Señor resucitado. La palabra de Dios nos lleva a la Eucaristía y a la fracción del pan.


« volver
Buscador de Noticias:      Búsqueda avanzada


Enlaces destacados
Arzobispado de Valencia
C/ Palau
Teléfono: +34 96 382 97 00
archivalencia@archivalencia.org
46003 Valencia
Fax: +34 96 391 81 20
www.archivalencia.org
©Archivalencia.org