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  Semana Santa
Ciclo C
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15 y 16 de abril: LUNES Y MARTES SANTOS

Como ocurría en Jerusalén, en estos días previos a la Pascua se siguen dos caminos paralelos; por una parte está el itinerario de los candidatos al Bautismo, a los que se presta una atención especial, y por otra, los cristianos veteranos, que siguen la historia de Jesús en aquellos últimos días leyendo en el Evangelio el conmovedor episodio cargado de presagios de la unción de Jesús en Betania (lunes) y la preparación de la Cena de Pascua con la traición de Judas (martes y miércoles). Como primera lectura se va desgranando la majestuosa serie de cánticos del Siervo de Yahwé en los que el segundo Isaías anuncia el sufrimiento redentor del Salvador.
Son días de penitencia en los que todos debemos rehacer el camino catecumenal, renunciando una vez más al pecado y a las situaciones que nos llevan a él:

Está claro en los Evangelios que la misión de Jesús consiste en inaugurar el Reino de Dios. «Vino Jesús a Galilea proclamando el evangelio de Dios y diciendo: Se ha cumplido el tiempo y se ha acercado el Reino de Dios; arrepentíos y creed en el evangelio» (Mc 1,14-15). El objetivo de Jesús es reordenar el cosmos en torno a su centro vital, que es Dios. Esto significa reconducir la humanidad, y por ella a toda la creación, a la reconciliación. A la paz. Porque la creación es el marco donde se manifiesta la gloria de Dios, de la que es partícipe el hombre.

Si el hombre se aleja de Dios, la creación entera queda oscurecida. El rescate de cada hombre y mujer significa la renovación de todo lo creado. Así se comprende que Jesús, el nuevo Adán, asocia a su persona y a su misión, discípulos que llegarán a ser "pescadores" de hombres (cf. Mc 1,17). En la medida en que los hombres son rescatados, el cosmos entero es redimido, salvado.


17 de abril: MIÉRCOLES SANTO

En la S.I. Catedral Metropolitana, a las 11 h.: MISA CRISMAL, con la renovación de las promesas sacerdotales, presidida por el señor Arzobispo.

Se bendicen los santos óleos de los enfermos y de los catecúmenos y el santo crisma que se utilizan en la celebración de los sacramentos de la unción de enfermos, bautismo, confirmación, ordenación presbiteral y episcopal y en la dedicación de iglesias y altares.

Hasta la reciente reforma litúrgica, la Misa Crismal se celebraba en la mañana del Jueves Santo, con una reducida asamblea en la que rodeaban al Obispo siete presbíteros, siete diáconos y siete subdiáconos. Algo de este ritual ha pasado a la forma actual de la concelebración. Pero ahora esta celebración ha ganado en esplendor y concurrencia, porque se puede trasladar a uno de los días anteriores, habiéndose incorporado además – por voluntad expresa de Pablo VI – la renovación de las promesas que se hacen en la ordenación sacerdotal.

La Misa Crismal es una magnífica imagen del misterio de la Iglesia, en la que se expresa el fluir de la gracia de los sacramentos desde el sacerdocio de Cristo y por medio de sus ministros que la hacen presente en todas las comunidades.


18 de abril: JUEVES SANTO


TRIDUO PASCUAL

El Santo Triduo Pascual de Jesucristo, muerto, sepultado y resucitado abarca desde la Misa en la Cena del Señor hasta las segundas Vísperas del día de Pascua. Durante los primeros siglos, todos estos momentos del Misterio Pascual se celebraban un una sola acción sagrada que era la Vigilia Pascual, en la noche del sábado al domingo. Los dos días anteriores estaban consagrados al ayuno general prepascual y a la preparación inmediata de los catecúmenos que concluían en la “redditio symboli”.
Sin embargo, el ejemplo de Jerusalén fue imitado en las demás Iglesias, dando un significado histórico a estos días y siguiendo los pasos del Señor. De todos modos, la unidad del Misterio Pascual no se puede romper y se hace presente en cada una de estas celebraciones. En estos días podemos recibir en varias ocasiones la indulgencia plenaria: velando ante el sagrario durante media hora, en el Vía Crucis, en la adoración de la cruz y en la Vigilia Pascual; es una forma de renovar la pureza bautismal cuando hacemos memoria de nuestra propia muerte al pecado y resurrección a la vida eterna que se nos concedió en la iniciación cristiana.

MISA “EN LA CENA DEL SEÑOR”.

Se conmemora la institución de la eucaristía y del sacerdocio, y se recuerda el supremo mandamiento del amor. Es el “Día del amor fraterno”.

Todas las iglesias son este día un gran cenáculo. El rito del lavatorio de los pies, que antes se hacía aparte, en la sala capitular de las catedrales y monasterios, se ha situado ahora después del Evangelio, como una dramatización de la lectura y se hace en todas las iglesias. Es un día en que se siente de modo especial la presencia del Señor: Jesús se muestra a sí mismo diciendo: Yo soy el Camino, y la Verdad y la Vida (Jn 14, 6). El contexto en el que Jesús pronuncia estas palabras no es otro que la noche del Jueves Santo, después de la Cena, antes de morir en la cruz. En esa impresionante ocasión, Jesús revela a sus discípulos que va hacia el Padre. Este ir al Padre constituye el culmen de la salvación. Todo el que siga a Jesús irá a donde Él va.

El día siguiente es “alitúrgico”, no se celebra la Eucaristía, y se resalta con una procesión el traslado de las formas consagradas hasta el sagrario. Se abre así un tiempo de vigilia y oración ante el Santísimo en el que respondemos a las palabras de Jesús en el monte de los Olivos: Velad y orad para no caer en la tentación (Mt 26, 41).

19 de abril: VIERNES SANTO

Turnos de oración ante el sagrario hasta la celebración vespertina de la Pasión.

En la oración ante el santísimo sacramento, conservado en el “Monumento”, acompañamos al Señor en la soledad de su Pasión y le damos gracias porque ha querido permanecer sacramentalmente en medio de nosotros.

En la edad media se comenzó a llamar “monumentum”, palabra latina que significa “sepulcro” al lugar donde se conservaba una sola forma consagrada para la comunión del sacerdote en la celebración del Viernes Santo; por ello se hacían ritos como sellar la puerta del sagrario. Ahora deberíamos ir olvidando este sentido fúnebre para valorar la inmensa gracia de la presencia eucarística, memorial permanente de la entrega sacrificial de Cristo, e iniciando también a los niños y jóvenes en esta práctica piadosa. Adoramos al Señor en el sagrario de todos los días, especialmente si se halla en una capilla especial, adornado con grato fervor y buen gusto. Adorando el Santísimo al menos durante media hora se puede obtener la indulgencia plenaria.

Oficio de lecturas y Laudes.

En la noche del jueves y en la mañana del viernes, nada mejor podemos hacer ante el sagrario que celebrar la Liturgia del las Horas. De este modo nos unimos a la oración de toda la Iglesia, esposa y cuerpo de Cristo que eleva sus preces y alabanzas al Padre, haciendo suyo todo el sufrimiento de la humanidad para convertirlo en sacrificio redentor.

Via Crucis

De nuevo parece que nos traslademos a la ciudad santa de Jerusalén, recorriendo con Jesús la vía dolorosa. En este ejercicio puede obtenerse la indulgencia plenaria.


CELEBRACIÓN DE LA PASIÓN DEL SEÑOR.

Este acto vespertino comienza con la liturgia de la palabra en la que se leen dos lecturas y la Pasión según san Juan, a la que sigue la homilía y la oración universal; concluye esta liturgia con la adoración de la Cruz y la comunión con la Eucaristía consagrada en la Misa de la Cena del Señor. Quienes participan en la adoración de la Cruz pueden ganar la indulgencia plenaria.

En esta tarde, la desnudez del altar y la austeridad de la ceremonia nos traslada al patio del Gólgota, en el magnífico conjunto de monumentos que contemplaban los peregrinos de los siglos IV, V y VI, antes de la invasión islámica. Allí, al aire libre, delante de la colina del calvario, revestida de mármoles preciosos y sobre la que se alzaba una gran cruz de madera, se leía la pasión y se pasaba a besar la reliquia de la cruz, la Vera Crux que encontró santa Elena.
Es un acto de profunda seriedad, pero alumbrado por la gloria del madero en el que estuvo clavada la salvación del mundo. La sencilla cruz de madera, sin la imagen del crucificado, que cruza la iglesia hasta el altar para allí ser adorada: el trofeo de la Pasión ante el que deberemos hacer genuflexión siempre que pasemos ante él, hasta que comience la Vigilia Pascual.
Tarde de misterio en que tocamos lo más profundo del acto redentor:

Jesucristo es el paradigma, el relato de la historia de Dios-con-nosotros y de nosotros-con-Dios. El Hijo de Dios no ha venido para quitar el sufrimiento, sino más bien para sufrir con nosotros. No ha venido para suprimir la cruz, sino para extender sus brazos en ella. El Hijo está en medio de nuestro pecado. El Padre se compadece del Hijo y lo resucita. En la resurrección del Hijo, el Padre recobra al Verbo y todo lo que el Verbo abraza y significa. El Padre reconoce a su Hijo entre nosotros y en nosotros. Este es, desde luego, un gran misterio que nos hace estremecer.


20 de abril: SÁBADO SANTO

Oficio de lecturas y Laudes.

Durante este día la Iglesia permanece junto al sepulcro del Señor meditando su pasión y muerte y aquel descenso al lugar de los muertos en la que su alma se unió a restantes almas de los justos del Antiguo Testamento y los redimió de su cautiverio. Con este abajamiento a lo más profundo de la muerte, el Señor inicia su victoria sobre la misma.

La mañana de este Sábado Santo debería ocuparse en la oración y en la preparación de la gran Vigilia, al menos por el grupo más responsable de la comunidad. El Oficio de Lecturas contiene una de las lecturas más impresionantes de esta semana: el diálogo de Jesús con Adán en el reino de la muerte que el Señor va a descerrajar y anular para siempre. Es un día en que se nos invita a continuar el ayuno del Viernes Santo, siguiendo la primitiva tradición del ayuno prepascual que se rompe en la comunión de la Vigilia.

El Señor Jesús vivió la experiencia de la muerte en toda su realidad. San Agustín escribió: «Si el Verbo no se hubiese hecho carne y hubiese habitado entre nosotros, habríamos podido creer que estabas lejos del contacto con el hombre y nos habríamos desesperado».

El camino que Jesús recorre para volver al Padre no es otro que la humanidad pecadora, doliente y amenazada por la muerte. Convertirse quiere decir dirigir nuestros pasos hacia Dios por el camino de Jesucristo: la humanidad doliente que ha de ser reconciliada. Cada hombre y mujer es el camino que Jesús emprende y, necesariamente, es la ruta que el seguimiento de Jesús ha de tomar para ir a donde Cristo va. Como creyentes, hemos de abrirnos a una existencia que se distinga por la "gratuidad", entregándonos a nosotros mismos, sin reservas, a Dios y al próximo.

EN LA NOCHE SANTA, SOLEMNE VIGILIA PASCUAL.

El Misterio Pascual de Cristo, crucificado, sepultado y resucitado, tiene en esta liturgia nocturna “Madre de todas las demás vigilias”, su celebración culminante. Esta es una noche de vela en honor del Señor, como lo hizo el pueblo elegido desde el comienzo del Éxodo en Egipto. La vigilia comienza en el exterior del templo con la liturgia de la luz y se ilumina la iglesia como signo de la resurrección del Señor. La liturgia de la palabra proclama las maravillas de Dios en la historia de la salvación, desde la creación del mundo al Misterio Pascual de Jesucristo; luego viene la liturgia bautismal, con la renovación de las promesas que se hicieron en la iniciación cristiana, y luego la asamblea es invitada a la mesa que el Señor, por medio de su muerte y resurrección, ha preparado para su pueblo (cuarta parte de la vigilia, liturgia eucarística). Quienes participan en la Vigilia Pascual pueden ganar la indulgencia plenaria y también comulgar de nuevo en otra Misa del día de Pascua.

No se trata de una memoria histórica, Jesús asocia a los nuevos cristianos en su
muerte y resurrección por medio del Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía. Es la noche de la maternidad de la Iglesia. También en los cristianos veteranos revive la gracia de la Iniciación Cristiana cuando renovamos las promesas bautismales y nos llenamos del Espíritu al ser consagrados con el pan y el vino en la Eucaristía; iniciación que vuelve a culminar en la comunión en Cristo, compartiendo sus padecimientos, muriendo su misma muerte, para llegar a resucitar con Él.

El cristiano no cree en una trascendencia anónima, sino en un Dios que es Padre, Abba. Como dice el Santo Padre, Jesucristo por medio del Espíritu Santo, Él renueva nuestra vida y nos hace partícipes de esa misma vida divina que nos introduce en la intimidad de Dios y nos hace experimentar su amor por nosotros. Este trato de intimidad llega hasta el punto de hacerse vida de la vida del hombre.

En el día santo que comienza con esta vigilia y en toda la cincuentena pascual se celebra el cumplimiento de las profecías antiguas que hemos escuchado en los últimos domingos de esta Cuaresma y se llega al punto de origen del perdón de los pecados que ha sido proclamados en los últimos evangelios de la Cuaresma C, porque ahora se sabe que la muerte de Cristo, con su perfecta obediencia, reparó nuestras culpas ante el Padre, y que su resurrección fue la respuesta del Padre a nuestro crimen, abriéndonos la puerta de la gracia de la justificación.


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