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  San Vicente Mártir
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Solemnidad de san Vicente Mártir
(22 de enero de 2018)

El martirio de san Vicente.

El martirio o testimonio del diácono Vicente tuvo varios momentos singulares que hicieron que su fama llegase a toda la cristiandad. Al diácono Vicente no se le ahorraron ninguno de los tormentos previstos en la norma procesal romana. Hay en este caso algo singular que, quizás, contribuyó a su grandísima fama; el martirio de san Vicente se convierte en un combate psicológico entre el juez y el acusado; además, cuando el perseguidor intentó ablandar la resistencia del mártir mandando que lo pusieran en un lecho y lo cuidasen. Dios llamó inmediatamente junto a si a su testigo, teñido aún con la sangre martirial. Del mismo modo los relatos se recrean en contar como el cuerpo fue preservado en el muladar, salvado de las aguas y recogido por los cristianos en la playa hasta ser depositado en un modesto sepulcro junto a la vía Augusta, desde, como dice la Pasión litúrgica, fue llevado a la Iglesia Madre y puesto bajo el altar que se le había consagrado, el “digno sepulcro” que menciona la misa hispánica del santo.

La difusión de la veneración a san Vicente mártir.

San Vicente llegó a ser el gran mártir de la Iglesia de occidente, como san Lorenzo lo fue de Roma y en Oriente san Esteban, los tres diáconos. Las homilías de san Agustín predicadas en su fiesta difundieron más todavía su memoria. El martirio de san Vicente fue la semilla de la Iglesia en Valencia; en lugar de temor suscitó admiración, de modo que desde entonces su sepulcro fue el centro de la primera comunidad y, cuando esta se institucionalizó y creció, el mártir se convirtió en el patrono de la misma y su valedor durante los años oscuros de la dominación musulmana.
Algunos hechos se imponen: En aquellos tiempos dispuso Dios que Vicente fuese traído prisionero a Valentia desde Cesaraugusta (Zaragoza), acompañando a su Obispo Valero; el prelado, de la noble familia Valeria, fue desterrado, mientras que su fiel diácono fue torturado hasta la muerte por causa de su fe, mostrando una fortaleza tan grande que fue la admiración de todo el orbe cristiano. Su memoria se difundió mediante su “Pasión”, el poema que le dedicó Aurelio Prudencio, homilías como las predicadas por san Agustín y textos litúrgicos como los de la liturgia hispano-mozárabe.

Aquel acontecimiento es considerado como el primer dato cierto de la presencia del cristianismo en Valencia y como la semilla de nuestra Iglesia. Por ello san Vicente mártir fue proclamado patrono de la ciudad de Valencia, de la archidiócesis valentina, de otros muchos lugares, siendo celebrado especialmente en Portugal, el sur de Francia y toda España, por ciudades como Huesca y Zaragoza, Córdoba – cuya catedral pre-islámica estuvo dedicada a nuestro patrono, como la italiana de Bérgamo, y hasta en la nación caribeña de San Vicente y las Granadinas, islas descubiertas por Colón el 22 de enero de 1498.

Sentir con el Santo, (1ª lectura y salmo)

La lectura tomada del libro del Eclesiástico nos ha puesto en comunión con los sentimientos humanos de angustia y soledad experimentados por Vicente en su pasión, pero superados y transfigurados por las virtudes sobrenaturales que todos los fieles hemos recibido en el Bautismo, pero que en él crecieron mientras maduraba su personalidad cristiana: la fe que espera confiada en el amor de Dios a sus hijos; y así nos parece escuchar el “testamento espiritual” de nuestro protomártir: Cuando estaba ya para morir, y casi en lo profundo del Abismo, me volvía a todas partes y nadie me auxiliaba; buscaba un protector y no lo había; recordé la compasión del Señor y su misericordia eterna, que libra a los que se acogen a él y los rescata de todo mal (Ecl 51, 6-9). Haciendo nuestros los sentimientos de san Vicente, hemos dicho todos con el Salmo responsorial: El Señor me libró de todas mis ansias (Sal 33, 5).

La gracia del martirio (Segunda lectura).

Sorprende la serenidad de los mártires cristianos de todos los tiempos. Ellos no buscaron la muerte ni quisieron morir matando; la ocasión vino a su encuentro como una gracia de Dios que los encontró preparados para secundarla y como una gracia para la Iglesia, que sale fortalecida por su prueba. Quienes veneran la reliquia de san Vicente en la girola de esta catedral, son reclamados también por el memorial de nuestros mártires del siglo veinte, en su capilla-relicario vecina a la del santo diácono; tanto él como aquellos se sintieron alentados por las palabras del Apóstol que hemos escuchado: ¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?, ni las pruebas ni la muerte cruenta: En todo esto vencemos fácilmente por Aquél que nos ha amado… Nada podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro (Ro 8, 35. 37. 39).

Siempre que un poder absoluto y totalitario, ya fuera la antigua Roma imperial o los fundamentalismos religiosos o políticos antiguos o modernos, han pedido a los hombres que rebajaran su dignidad a la condición de siervos o de números, Jesús se ha manifestado como el único Señor digno de ser amado y servido con todo el pensamiento y voluntad de que es capaz una persona humana, y ha comunicado con generosidad su Espíritu de fortaleza. Este es el secreto de los mártires y esta es su gracia para las comunidades cristianas de todos los tiempos.

La radicalidad de la fe (Evangelio)

Los mártires nos muestran la radicalidad de la verdadera fe. No solamente cuando los poderes del mundo la piden para ellos, sino también en momentos de relajación de las conciencias, cuando se permite todo menos llamar a las cosas por su nombre y valorar la bondad o maldad de las conductas – no se trata de cada persona, a quien sólo Dios puede juzgar – a la luz de la sana conciencia y de la recta razón iluminada por la ley de Dios. En estos momentos nace la crisis de quien duda entre guardar su vida (cf. Jn 12, 23), disolviendo su conciencia en lo políticamente correcto, o arriesgar su estatus y consideración social amando a Dios más que a uno mismo y teniendo como el bien supremo la salvación eterna, para sí y para los demás.

La vivencia de la cruz

El creyente escucha a Jesús que le dice: El que quiera servirme, como único Señor digno de ser amado radicalmente, que me siga, cargando con su cruz que es también la mía, y donde esté yo, primero en el calvario y luego con el Padre, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo premiará (Jn 12, 26).

Vemos a los mártires crucificados con Cristo, pero también contemplamos con admiración y gratitud a los que llevan su cruz con serenidad y alegría, a los padres y madres de familia responsables con su misión, a las personas consagradas fieles a las exigencias de su vocación, a los misioneros que no abandonan a su grey masacrada, a los cristianos y cristianas que sufren marginación social o política por defender su ideal, a los jóvenes que son despreciados o ridiculizados cuando mantienen la pureza y dignidad del amor humano… y tantas otras formas del martirio cruento o incruento como descubrimos en nuestro mundo actual.

La lección del Santo – sentido de la diaconía.

Pero hoy nuestra mirada se dirige a san Vicente, y lo aclamamos con las mismas palabras de Prudencio que repite la liturgia hispano-mozárabe: “Tú eres nuestro, así como nosotros somos tuyos”.

Tú nos enseñas el valor eclesial de la diaconía, siendo fiel a la consagración que recibiste en el sacramento del Orden, para ser imagen de Cristo, servidor del Padre.

Con tu ejemplo nos haces reconocer que todo servicio a Dios y a los hermanos, por humilde que sea, se convierte en un ministerio lleno de honor, honrado por la dignidad de las personas servidas, miembros de Cristo e imagen de su gloria.

Ministro de la palabra y ministro del cáliz, auxilio de tu Obispo y servidor de los pobres; haciendo todo esto con una fe y un amor radicales y plenos, pudiste dar el paso final y seguir a Cristo hasta el tormento y la muerte antes que traicionar su amor.

En la nueva “Era de los mártires”.

Tras escuchar el relato emocionante de la pasión y muerte de San Vicente, podemos y debemos preguntarnos qué significa hoy para nosotros, cristianos del siglo XXI, el ejemplo de su supremo testimonio de fe. El martirio, quizás, nos parece algo del pasado, superado en una época donde se predican como valores fundamentales de la convivencia la tolerancia, el pluralismo y la libertad de conciencia. Ya nadie, al parecer, tiene que morir por causa de sus convicciones religiosas. El martirio de San Vicente sería así una historia edificante, pero extraña a nuestra vida cristiana.

Sin embargo, ya San Agustín dijo aquello de “Todos los tiempos son de martirio...; no puede fallar la sentencia del Apóstol: ‘todos los que quieran vivir piadosamente en Cristo Jesús sufrirán persecución” (San Agustín, Sermón 6). Y, si
queremos ejemplos más cercanos, nos bastaría repasar las páginas de actualidad religiosa para comprobar que el siglo XXI se inaugura como acabó el anterior en una “era de mártires”. Ahora bien, a pesar de todo esto, es muy posible que nosotros, cristianos que vivimos en un Estado democrático, que consagra la libertad religiosa como un derecho constitucional, no tengamos que sufrir una muerte violenta por causa de nuestras convicciones religiosas. Sin embargo, los cristianos de todos los tiempos, y podríamos decir que ahora de un modo especial, han podido experimentar que cuanto más firme ha sido su adhesión a Cristo, más han tenido que enfrentarse con las “potencias” antievangélicas de este mundo. El ejemplo del testimonio fe de San Vicente mártir, nos debe estimular poderosamente para no tener miedo a confesar públicamente nuestra fe en Cristo y a seguir las normas de conducta derivadas del Evangelio, aun en medio de incomprensiones, reticencias e incluso descalificaciones.


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