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  MIÉRCOLES DE CENIZA
(26 de Febrero de 2020)

Historia de esta celebración

Desde tiempos de san Gregorio Magno (siglo VI), este día inaugura en Roma la santa cuarentena, por lo que se llama también a este día “in capite jejunii” (en la cabeza o comienzo del ayuno). Antes, la Cuaresma comenzaba el primer domingo, pero se extendió al miércoles anterior para que hubiese cuarenta días de ayuno hasta la Pascua, descontando los domingos. Ya en el siglo IV comenzaba este día la penitencia canónica a que debían someterse los penitentes públicos para ser absueltos el Jueves Santo.

En el siglo XI, habiendo caído en desuso la penitencia pública, el Papa, el clero y el pueblo romano tomaron la costumbre de ir descalzos y cubierta la cabeza con ceniza desde la basílica de santa Anastasia, junto al Circo Máximo, hasta la de santa Sabina, en la cima de la vecina colina del Aventino; antes de iniciar la procesión se bendecía tanto la ceniza como los cilicios (telas de saco). En el año 1091, el Papa Urbano II recomendó la imposición de la ceniza a todos los fieles como signo distintivo de la inauguración de la Cuaresma. Todavía en nuestros tiempos, el Papa inaugura todos los años la Cuaresma en la iglesia estacional de santa Sabina.

El ritual actual es el mismo que se estableció en la corte papal de Avignon en el siglo XIV, con la diferencia de que se ha añadido la lectura de san Pablo, y se ha situado la bendición e imposición de la ceniza después de la homilía, suprimiendo el acto penitencial del comienzo de la Misa. También se ha introducido una nueva fórmula para imponer la ceniza: “Convertíos y creed el Evangelio” (Marcos 1, 15), que son las palabras con que Jesús inició su predicación, y que se puede decir junto con las tradicionales: “Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás” (Gen 3, 19), la sentencia con que Dios expulsó a Adán y Eva del Paraíso después del pecado.

Lo que nos dice ahora este día

El mensaje que recibimos está perfectamente fundado en las tres lecturas propias de este día, como se explica en las moniciones que figuran a continuación; todo él se resume en las oraciones de bendición de la ceniza: “Derrama la gracia de tu bendición sobre estos siervos tuyos que van a recibir la ceniza, para que, fieles a las prácticas cuaresmales, puedan llegar, con el corazón limpio, a la celebración del misterio pascual de tu Hijo”, “Así podremos alcanzar, a imagen de tu Hijo resucitado, la vida nueva de tu reino”.

Nuestra sensibilidad rechaza la distinción entre pecadores públicos y secretos. La imposición general de la ceniza muestra el carácter social del pecado, suma de todos los pecados personales, conocidos u ocultos. Las prácticas cuaresmales recomendadas son la mayor escucha de la Palabra de Dios, junto con la oración, el ayuno – este es un día de ayuno y abstinencia de carne - y la limosna; concluyendo en una celebración del sacramento de la Penitencia que nos lleve, al final del camino cuaresmal, a recibir la gracia del perdón y a participar en la Eucaristía pascual con el ánimo renovado.

El mensaje del Papa para esta Cuaresma 2021

Del mensaje del Papa Francisco para esta Cuaresma, ofrecemos este fragmento, recomendando la lectura del documento completo para preparar esta celebración: “En este tiempo de Cuaresma, acoger y vivir la Verdad que se manifestó en Cristo significa ante todo dejarse alcanzar por la Palabra de Dios, que la Iglesia nos transmite de generación en generación. Esta Verdad no es una construcción del intelecto, destinada a pocas mentes elegidas, superiores o ilustres, sino que es un mensaje que recibimos y podemos comprender gracias a la inteligencia del corazón, abierto a la grandeza de Dios que nos ama antes de que nosotros mismos seamos conscientes de ello. Esta Verdad es Cristo mismo que, asumiendo plenamente nuestra humanidad, se hizo Camino —exigente pero abierto a todos— que lleva a la plenitud de la Vida.

El ayuno vivido como experiencia de privación, para quienes lo viven con sencillez de corazón lleva a descubrir de nuevo el don de Dios y a comprender nuestra realidad de criaturas que, a su imagen y semejanza, encuentran en Él su cumplimiento.

Haciendo la experiencia de una pobreza aceptada, quien ayuna se hace pobre con los pobres y “acumula” la riqueza del amor recibido y compartido. Así entendido y puesto en práctica, el ayuno contribuye a amar a Dios y al prójimo en cuanto, como nos enseña santo Tomás de Aquino, el amor es un movimiento que centra la atención en el otro considerándolo como uno consigo mismo (cf. Carta enc. Fratelli tutti, 93).

La Cuaresma es un tiempo para creer, es decir, para recibir a Dios en nuestra vida y permitirle “poner su morada” en nosotros (cf. Jn 14,23). Ayunar significa liberar nuestra existencia de todo lo que estorba, incluso de la saturación de informaciones —verdaderas o falsas— y productos de consumo, para abrir las puertas de nuestro corazón a Aquel que viene a nosotros pobre de todo, pero «lleno de gracia y de verdad» (Jn 1,14): el Hijo de Dios Salvador.

Jaime Sancho Andreu

LA PALABRA DE DIOS EN ESTA CELEBRACIÓN

Primera lectura. Joel 2, 12-18: El profeta Joel describe la liturgia penitencial del “Día de la expiación” en el antiguo Israel, y pide al pueblo de Dios que rasgue su corazón y no los vestidos. La penitencia tiene su pleno sentido cuando se convierten las voluntades de las personas. Convertirse es volver a Dios con ánimo firme y sincero. Contestaremos a la palabra de Dios con el salmo penitencial por excelencia: “Misericordia, Señor, hemos pecado”.

Segunda lectura. 2 Coríntios 5, 20-6. 2: San Pablo considera la conversión auténtica como una tarea permanente, cuando dice: “Dejaos reconciliar con Dios” porque nuestro tiempo es breve, y la Cuaresma es tiempo de gracia y salvación. La reconciliación consiste en recomponer la relación rota o debilitada entre nosotros y Dios, entre nosotros y los hermanos.

Evangelio de Mateo 6, 1-6. 16-18: Jesús enseña a sus discípulos cómo tiene que ser su estilo de vida y describe tres dimensiones de la misma: la oración, relación con Dios; la limosna, relación con el prójimo, y el ayuno, relación con uno mismo. La oración es imprescindible para el discípulo de Cristo; la limosna es expresión de sincera caridad y el ayuno muestra la conversión a Dios.

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