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  Domingo XXVIII del tiempo ordinario
Ciclo C
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  Evangelio
  ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios más que este extranjero?
Lectura del santo Evangelio según san Lucas 17, 11-19

Una vez, yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea. Cuando iba a entrar
en una ciudad, vinieron a su encuentro diez hombres leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos
le decían: «Jesús, maestro, ten compasión de nosotros».

Al verlos, les dijo: «ld a presentaros a los sacerdotes».

Y sucedió que, mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba
curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se postró a los pies de Jesús, rostro en tierra,
dándole gracias. Este era un samaritano.

Jesús tomó la palabra y dijo: «¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios más que este extranjero?».

Y le dijo: «Levántate, vete; tu fe te ha salvado».

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LA FE (II): TU FE TE HA SALVADO
(28º Domingo ordinario -C-, 13 - Octubre - 2019)

La fe es un don para la salvación

El domingo pasado aprendíamos en el Evangelio que la fe es un don sobrenatural que Dios nos entrega gratuitamente, por lo que podemos pedirle con los apóstoles: “Auméntanos la fe” (Lc 17,5). Hoy el Señor nos enseña que la fe es un don para la salvación. No se trata sólo de una iluminación para tener una mayor sabiduría sobre el mundo y la vida, ni tampoco es un puro sentimiento de afecto hacia Jesús, aunque tenga estas dos componentes; la fe es necesaria para la salvación en esta vida y en la otra, de tal modo que “sin la fe es imposible complacer a Dios” (Heb 11,6).

Por la fe en Jesucristo cambiamos a mejor, somos purificados y renovados. Así lo deseaba el papa Benedicto XVI al convocar el “Año de la fe” y así se desea que ocurra en el Sínodo Diocesano que se convoca el próximo 15 de Octubre, como: “Una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo. Dios, en el misterio de su muerte y resurrección, ha revelado en plenitud el Amor que salva y llama a los hombres a la conversión de vida mediante la remisión de los pecados”.

Creer en Jesucristo

De camino, ya en el país de los judíos, un grupo de diez leprosos pidieron la ayuda de Jesús. No los movía la fe verdadera, sino la confianza humana en un maestro a quien precedía la fama de su doctrina y milagros, por eso le invocaban diciendo: “Jesús, maestro, ten compasión de nosotros” (Lc 17,13). El Señor los dirigió al Templo, para que un sacerdote los examinara nuevamente, y pronto se dieron cuenta de que habían sido curados.

Pero sólo uno de los curados - un extranjero, samaritano - se abrió al don de la fe que acompañaba a la palabra de Jesús, y reconoció que en Él estaba Dios. Sólo el samaritano creyó de verdad a Jesús y, de este modo, obtuvo algo mucho más grande que la limpieza de su carne: la salvación, “tu fe te ha salvado” (17,19).

Así se anunciaba ya el rechazo de Cristo por Israel y la buena acogida de su Evangelio entre los gentiles. Aquel extranjero repitió el gesto de fe del sirio Naamán que relata la primera lectura, curado de la lepra por el profeta Eliseo, porque creyó en su palabra, aunque, comentaba Jesús, “Había muchos leprosos en Israel” (Lc 4,27).

Creer a Jesucristo

Creer en Jesús, “el testigo veraz” (Ap 1,5), confiar en él, lleva consigo necesariamente aceptar su enseñanza: creer lo que él nos enseña. Por eso los creyentes se llaman antes que nada, discípulos de Cristo. El contenido objetivo de la fe es un mensaje de salvación; por eso, cuando lo aceptamos, lo retenemos y lo proclamamos, estamos realizando un acto de confianza en el Señor que nos da la salvación.

Creer lo que Jesucristo significa para la salvación

Porque la fe no es sólo un acto de confianza, sino que también tiene un contenido, se cree una serie de verdades, comenzando por lo que dice la carta a los Hebreos en la cita hecha al comienzo: “Pues el que se acerca a Dios debe creer que existe y que recompensa a quienes lo buscan” (Heb 11,6).

Los cristianos creemos lo que los apóstoles enseñaron acerca de Jesucristo, lo cual es el depósito de la fe que es la buena noticia, el tesoro o depósito de la fe que ellos transmitieron a sus sucesores como maestros de doctrina en la Iglesia. De este modo, el Evangelio anunciado por Pablo y confiado a su sucesor Timoteo consistía en la proclamación del Misterio Pascual de Cristo muerto y resucitado (Segunda lectura). La Iglesia sigue proclamando y celebrando este misterio de salvación, anunciando y realizando la salvación, sobre todo en la liturgia sacramental; quienes participen en ese Misterio por la Iniciación Cristiana y perseveren, se salvarán: “Si morimos con él, viviremos con él. Si perseveramos, reinaremos con él” (2 Timoteo 1,12-13; Segunda lectura). En la Eucaristía se hace presente la constante fidelidad del Salvador a la gracia que nos ha concedido, a pesar de nuestros pecados: “Si somos infieles, el permanecerá fiel, porque no puede negarse a sí mismo” (1,13). Merced a esta fidelidad de la gracia de Dios podemos confiar en recibir el perdón de Dios cuando lo pedimos con verdadera fe y arrepentimiento.

La Eucaristía es el sacramento de nuestra fe porque en ella se anuncia y actualiza el Misterio Pascual de Jesucristo y porque también en ella proclamamos nuestra fe cuando glorificamos a Dios - como lo hizo el leproso del Evangelio - sobre todo en la plegaria eucarística, reconociendo todo lo que ha hecho para salvarnos. Esta es la fe sin la cual no podemos retener el testimonio de que hemos complacido a Dios (cf. Heb 11,6).

Jaime Sancho Andreu


LA PALABRA DE DIOS HOY

Primera lectura y Evangelio. 2 Reyes 5,14-17 y Lucas 17,11-19: De camino al país de los judíos, el Señor curó a diez leprosos, pero sólo recibió el agradecimiento de uno que era extranjero. Así se anunciaba ya el rechazo de Cristo por Israel y la buena acogida de su Evangelio entre los gentiles. Aquel extranjero repitió el gesto de fe del sirio Naamán, curado de la lepra por el profeta Eliseo, aunque, comentaba Jesús, "Había muchos leprosos en Israel".

Segunda lectura. 2 Timoteo 2, 8-13: El Evangelio anunciado por Pablo y confiado a su sucesor Timoteo consistía en la proclamación del Misterio Pascual de Cristo muerto y resucitado; quienes participen en ese Misterio por la Iniciación Cristiana y perseveren, se salvarán.

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