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  Domingo XXXII del tiempo ordinario
Ciclo B
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  Evangelio
  Esta viuda pobre ha echado más que nadie
Lectura del santo Evangelio según san Marcos 12, 38-44

En aquel tiempo, Jesús, instruyendo al gentío, les decía:
«¡Cuidado con los escribas! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias
en la plaza, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas y aparentan hacer largas oraciones. Esos recibirán una condenación más rigurosa». Estando Jesús sentado enfrente del tesoro del templo, observaba a la gente que iba echando dinero: muchos ricos echaban mucho; se acercó una viuda pobre y echó dos monedillas, es decir, un cuadrante.
Llamando a sus discípulos, les dijo:
«En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado en el arca de las ofrendas más que
nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha
echado todo lo que tenía para vivir».

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  LA CARIDAD DE LOS POBRES, “RICOS EN LA FE”
(32º Domingo ordinario –B-, 11 de noviembre de 2018)
DIA DE LA IGLESIA DIOCESANA

El ejemplo de los pobres

En la primera lectura y en el evangelio, centran la atención las respetables y patéticas figuras de dos pobres viudas. La Palabra de Dios se sirve de su ejemplo generoso, porque quiere que también el pobre ejerza la caridad. En toda la Biblia la mujer viuda es uno de los seres más desvalidos, y las cartas de san Pablo abundan en recomendaciones a las comunidades para que atiendan a estas personas. Sin embargo, los escritos del Nuevo Testamento dan testimonio del servicio abnegado de estas mujeres en la implantación de la Iglesia... Y lo siguen haciendo igualmente en nuestros días.

La viuda que dio de comer al profeta Elías, dándole lo poco que tenía en casa, obedeció a la Palabra y comieron los tres, el profeta, ella y su hijo; porque la bondad del Señor multiplicó la harina y el aceite. El Señor es infinitamente más generoso que cuanto el pobre puede dar a otro pobre. Del mismo modo, Jesús destacó para siempre el gesto de la viuda que echó en el cepillo de la “Casa del tesoro” del templo de Jerusalén las pocas monedas que tenía.

Un ejemplo que permanece

A partir de las controversias con los judíos en Jerusalén, Jesús enseña sólo a los discípulos, casi en privado, acumulando para ellos los tesoros de la sabiduría divina. La primera parte del pasaje evangélico de este domingo es una advertencia contra los “expertos” en las Escrituras y las leyes religiosas, los cuales se valen de su superioridad doctrinal para recibir obsequios o ser consejeros de las viudas ricas para aprovecharse de sus bienes. Quizás la primitiva Iglesia conservó estas duras palabras de Jesús porque este peligro se ha dado y puede seguir dándose entre los cristianos. Por eso, en contraposición, el episodio de la pobre y anónima viuda que entregó sus pocos céntimos en el cepillo del templo tiene una gran importancia.

Los “ricos en la fe”

Como resalta Jesús, “en verdad”, la viuda pobre fue mucho más generosa hacia el Señor y su culto que los oferentes ricos. Porque, en general, se ofrece lo que sobre, como la limosna a un pobre en la calle, mientras que la viuda se privó de todo lo que tenía para vivir y lo hizo con serena alegría, porque confiaba en Dios Padre. Es la caridad heroica que demanda el Señor, que quiere que también “los pobres sean caritativos”, modo supremo de entrar en comunión con Él y con el prójimo: “Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos” (Mt 5, 3). En verdad, los pobres según Cristo, pobres según el mundo, fueron “elegidos por Dios para ser ricos en la fe y herederos del Reino que prometió a los que lo aman” (Sant 2,5).

El Señor sustenta al huérfano y a la viuda

Ya sabemos que las gotas continuas de las ofrendas de la gente sencilla forman los arroyos que alimentan el pequeño mar, gracias al cual nuestras comunidades diocesanas y parroquiales pueden realizar en la caridad las obras del Reino. Así Jesús impone para siempre a sus discípulos la imagen de la viuda. Así nosotros recordamos que el Señor es “Padre de los huérfanos y juez defensor de las viudas” (Sal 67, 6) y que “sustenta al huérfano y a la viuda” (Salmo responsorial 145), desde su santa morada, el templo de su gloria en el cielo y en la tierra.

Este domingo, el Misal propone como canto de comunión el salmo 22: “El Señor es mi pastor”. Para quien se deja hacer pobre y humilde, generoso como las viudas de Sarepta y de Jerusalén, el Señor es el protector y el guía de los caminos que llevan a los pastos de la vida eterna; Pastor que lleva a las aguas del reposo divino del domingo sin fin y Sacerdote de la redención definitiva (Segunda lectura).

La verdadera riqueza de la Iglesia

Todo esto se nos da en la escucha creyente de la Palabra, en la participación en el santuario de los divinos misterios, en la “Casa del tesoro” de las gracias de la Iglesia. El Espíritu de la caridad nos confirma en la comunión con los hermanos pobres y nos sugiere, como enseñaban los Santos Padres, que cuando hacemos caridad no es otra cosa que restituir a los pobres lo que antes les hemos quitado. Pero al menos hagámoslo con amor consciente y reparador.

La viuda pobre es una imagen de la Iglesia, que tiene medios insignificantes en medio del mundo, como pequeña era la comunidad cristiana apostólica en medio de la Jerusalén herodiana o ante el imperio romano. Sin embargo, Dios espera su ofrenda, la de su vida entera que, unida a la de Cristo, su Esposo y redentor, tiene un valor infinito para la salvación del mundo entero.

En el día de la Iglesia diocesana.

En este domingo dedicado a tomar mayor conciencia de nuestra pertenencia a la Iglesia local en Valencia, dentro de la comunidad católica, al escuchar la palabra de Dios nos damos cuenta de que la Iglesia, como hemos dicho antes, no es una simple organización humana, aunque sea con fines piadosos y benéficos, de manera que su acción caritativa es vista como imprescindible en este tiempo de crisis.

Para comprender la Iglesia hay que vivirla en el ámbito de lo que ocurre cada domingo. En la Pascua semanal el Hijo del Hombre reúne la asamblea de los elegidos que han respondido positivamente a su llamada. La Iglesia es en primer lugar una asamblea delante de su Señor, que celebra a su Señor en un lugar de la tierra. Asamblea eucarística, inaugurada con la venida de su Señor en la resurrección gloriosa.

Este año, en el día de la Iglesia diocesana, no podemos dejar de lado su dimensión sobrenatural, porque en cada Iglesia local - como es nuestra diócesis de Valencia - está y obra el misterio de la Iglesia de Cristo, una, santa, católica y apostólica. Nuestro Arzobispo es un sucesor de los Apóstoles al que le ha sido confiada una porción del pueblo de Dios para que la apaciente con la cooperación del presbiterio, de forma que, unida a su pastor, sea congregada en el Espíritu Santo por el Evangelio y la Eucaristía.

Nuestra participación litúrgica y sacramental en la asamblea eclesial reunida por el Supremo Pastor, Cristo, debe extenderse a las otras actividades de la Iglesia, participando en su obra evangelizadora, educadora y caritativa, tanto con nuestra aportación económica como con nuestra colaboración personal en alguna de estas actividades.

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Este domingo se podrían decir las oraciones de la Misa “Por la Iglesia local” que está en la sección de “Misas por diversas intenciones” del Misal Romano, lo mismo que la Plegaria eucarística V/d: “La Iglesia, en camino hacia la unidad”.


Jaime Sancho Andreu

LA PALABRA DE DIOS EN ESTE DOMINGO

Primera lectura y Evangelio. I Reyes 17, 10-16 y Marcos 12, 38-44: Aprovechando la ocasión, Jesús opuso la autenticidad de la modesta ofrenda que una pobre viuda depositó en el cepillo del templo de Jerusalén con la ostentación de las ofrendas de los ricos. El gesto de esa mujer enlazaba con el de aquella viuda extranjera que, a pesar de su pobreza, acogió al profeta Elías. La primera mereció el elogio de Jesús; en favor de la segunda, el profeta obró un milagro.

Segunda lectura. Hebreos 9, 28-24: El sacrificio de Cristo no tuvo víctimas sustitutorias; revestido de su propia sangre entró en el santuario del cielo para cumplir la expiación de los pecados, como hacía el sumo sacerdote en el Templo el “día de la expiación”, conforme a la liturgia mosaica.

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