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  Domingo VI de Pascua
Ciclo A
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  Evangelio
  Yo le pediré al Padre que os dé otro defensor
Lectura del santo evangelio según san Juan 14, 15-21

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
- «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Yo le pediré al Padre que os dé otro defensor, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque vive con vosotros y está con vosotros.
No os dejaré huérfanos, volveré. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy con mi Padre, y vosotros conmigo y yo con vosotros. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama; al que me ama lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él.»

Palabra del Señor

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  EL TIEMPO DEL ESPÍRITU
(6º Domingo de Pascua -A-, 21-Mayo-2017)

Comenzamos la última etapa de la Cincuentena Pascual. Los tres próximos domingos están centrados temáticamente en el don o gracia pascual del Espíritu Santo, que Jesucristo envía desde el Padre, luego de ser exaltado en la gloria (Solemnidad de la Ascensión, próximo domingo).

El don del Espíritu

La primera lectura de este domingo muestra la acción del Espíritu Santo en los primeros pasos de la Iglesia de Cristo. El Espíritu, en efecto, no sólo perfeccionó la iniciación cristiana de los samaritanos (año A), sino que incluso se adelantó al bautismo, cuando Pedro vacilaba en admitir a los paganos en la Iglesia (año B) e hizo caer, en esta sexta etapa de la historia de la salvación, las seculares fronteras del antiguo Pueblo de Dios (año C). Este año leemos que Felipe, uno de los "diáconos" de origen helenista, llegó a Samaria huyendo de la persecución que ocasionó la muerte de Esteban; allí, actuando por su cuenta, evangelizó y bautizó a muchos samaritanos. Entonces el colegio de los apóstoles envió a Pedro y Juan para que completaran aquella primera iniciación cristiana mediante el don del Espíritu Santo.

No se trata aquí propiamente del sacramento de la confirmación, ni tampoco se enseña que el bautismo pueda recibirse sin la gracia del Espíritu Santo; más bien se quiere declarar que la iniciación cristiana se debe conferir en comunión con la Iglesia apostólica, en la unidad del Espíritu y en el cuerpo de Cristo.

De todos modos, se insinúa aquí lo que será el sacramento de la confirmación, en el que el rito fundamental es la unción con el santo crisma, que un signo que evoca o representa aquella primera donación del Espíritu que los apóstoles significaban con la imposición de las manos cuando conferían el bautismo. La unidad de la iniciación cristiana se muestra plenamente cuando se confieren en una misma acción los sacramentos del bautismo, de la confirmación y de la eucaristía, como se hace con los conversos adultos.

El Espíritu de la verdad

En el Evangelio continuamos leyendo el discurso de despedida de Jesús en la última cena. Cristo se despide de los suyos antes de iniciar su Éxodo por medio de la Pasión y la Ascensión, pero es para volver con el don pascual del Espíritu y permanecer así en la Iglesia. Jesús promete a los que permanezcan en su amor el Espíritu de la verdad.

Jesús, al que escuchábamos el domingo pasado como el camino, la verdad y la vida, se había designado a sí mismo como la verdad, en la medida en que en él - en su vida, muerte y resurrección - se revela la esencia del Padre de un modo perfecto y definitivo: sólo mediante el destino humano de Jesús se ha demostrado como verdad la afirmación de que Dios es amor (1 Juan 4, 8.16), nada más que amor, y que todos los demás atributos, como creador, todopoderoso o justo, no son sino formas y aspectos de su amor.

Los discípulos no podían comprender esta verdad que Cristo es y manifiesta en su vida, antes de que el Espíritu de la verdad descendiese sobre ellos. Entonces, les dice Jesús, comprenderéis la unidad del amor entre el Padre y el Hijo, y la unidad entre Cristo y los hombres que aman. Esta unidad es el Espíritu, y él es quien la crea. Esta unidad exige una coherencia con el conjunto de la vida del creyente en Cristo, pues, como dice el Maestro: El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama; al que me ama, lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él (Juan 14, 21).

Los mandamientos positivos de Jesús

Las normas de vida de Jesús son las de siempre, las que proclamó Moisés, pero iluminadas por el mandamiento nuevo del amor. Ahora, los mandamientos se podrían anunciar así: Amarás a Dios sobre todas las cosas, respetarás su nombre y celebraras sus fiestas, porque Él es amor y te ama. No sólo respetarás a tus padres, sino que les desearás y harás el mayor bien posible, y lo mismo hacia el prójimo; ya “no matarás”, sino “defenderás la vida”. Ya “no robarás”, sino “compartirás mejor los bienes de la tierra” y ya “no cometerás adulterio”, sino “amarás y serás fiel al matrimonio y la familia como don de Dios amor”.

Testigos en el mundo de la esperanza de la salvación y cooperadores de la verdad

La consecuencia de lo proclamado en el Evangelio es que el cristiano debe estar siempre dispuesto para dar razón de su esperanza (1 Pedro 3,15; Segunda lectura), porque le anima el Espíritu de la verdad. No se trata de afirmar con prepotencia que se posee la verdad; nuestra respuesta a quienes nos preguntan debemos darla con mansedumbre y respeto. Con mansedumbre, porque nosotros no somos dueños de la verdad, sino que ésta nos ha sido dada; y con respeto, porque hemos de ser respetuosos con la opinión de los demás y con su búsqueda de la verdad. En realidad, la Verdad nos supera, porque es la misma persona de Jesucristo, y a lo más que podemos llegar es a ser buenos y fieles cooperadores en la obra de la verdad (3 Jn 8), como rezaba el lema episcopal de Benedicto XVI: Cooperatores veritatis.

No se trata tanto de razonamientos para probar nuestra verdad, sino de seguir el ejemplo de Jesús con una buena conducta, que ejemplarice y confunda a los adversarios. También Cristo, el justo (y nosotros no lo somos), murió por los injustos. Él era hombre como nosotros, y por eso lo pudieron matar; pero como poseía el Espíritu, fue devuelto a la vida (1 Pedro 3,18). Esta es también nuestra esperanza.


Jaime Sancho Andreu


LA PALABRA DE DIOS HOY

Primera lectura. Hechos de los Apóstoles 8,5-8.14-17: Los apóstoles perfeccionaban la iniciación cristiana de los recién bautizados confiriendo el don del Espíritu Santo mediante el gesto de la imposición de las manos. Es lo mismo que ahora se representa mediante el signo de la unción con el santo crisma en el sacramento de la confirmación.

Segunda lectura. 1 Pedro 3,15-18: Los cristianos estamos animados por el mismo Espíritu que resucitó a Jesucristo de entre los muertos. Este Espíritu nos mueve a dar testimonio de nuestra esperanza en el mundo a pesar de todas las contradicciones.

Evangelio de Juan 14,15-21: Jesús continúa el discurso de despedida, consolando a los discípulos y prometiéndoles el don del Espíritu Santo. Son palabras llenas de misterio que se fueron realizando en la vida y experiencia de la Iglesia.

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