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sábado 06 de julio de 2019
ORDENACIONES SACERDOTALES
Carta semanal del cardenal arzobispo de Valencia, Antonio Cañizares

(Reproducimos íntegra la homilía del Sr. Arzobispo en la misa de ordenaciones sacerdotales del pasado sábado en la Catedral de Valencia)

Queridos hermanos sacerdotes, queridas familias, especialmente queridos hermanos que vais a ser ordenados sacerdotes: ¡Con cuánta razón y verdad podemos repetir en esta ordenación sacerdotal aquellas palabras tan gozosas de san Pablo, precisamente en el día de su fiesta: “Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales”! La misericordia de Dios se muestra desbordante con nosotros, en favor nuestro, al elegir y consagrar a estos hermanos que van a recibir el orden del presbiterado. No sólo vosotros, queridos ordenandos, sois bendecidos en Cristo, al ser configurados hoy sacramentalmente con Cristo sacerdote, cabeza y pastor de la Iglesia, sino que toda la Iglesia, la Iglesia que peregrina en Valencia es enriquecida con el don del sacerdocio ministerial por el que nos alcanzan tantos y tan fundamentales bienes de Dios, sin los cuales no sería la Iglesia en la que está y obra Cristo su salvación, su amor sin límites y hasta el extremo por todos los hombres.

Por la infinita misericordia de Dios sois elegidos, llamados y consagrados por el Espíritu Santo para ser don de Dios a su Iglesia, cumplimiento de aquella promesa tan consoladora que se consuma en toda plenitud en Jesucristo, el único y buen Pastor de nuestras almas: “Os daré pastores conforme a mi corazón”. Sois regalo de Dios. Todo en vosotros es don de Dios, obra de la gracia, del amor divino. Por el sacramento, la unción y la imposición de las manos, vais a ser configurados sacramentalmente con Cristo sacerdote y pastor, como don y gracia de Dios, unción de su Espíritu. En la persona de Cristo os ha elegido: no sois vosotros los que elegís, Él es quien os ha elegido y llamado; por pura iniciativa suya, os ha destinado en la persona de Cristo, antes de la creación del mundo, a ser sus hijos, identificados y configurados con su único Hijo, pastor bueno que guía las ovejas, las ama y alimenta, y da su vida por ellas; configurados e identificados con Cristo, ungidos por el Espíritu para ser sacerdotes y víctimas, unidos a Cristo que por su sangre ofrece al Padre el sacrificio y la ofrenda agradable que trae la plenitud desbordante de su amor, la redención, la reconciliación, el perdón de los pecados, la recapitulación de todo en Él. Nuestra vida entera como sacerdotes, queridos ordenandos, es obra y manifestación de la gracia de Dios, de la bendición de Dios, en Cristo Jesús, es obra de su iniciativa llena de piedad y de misericordia. Todo en nosotros es gracia: gratis lo hemos recibido para que gratis también lo demos, para que nos demos por completo en entera gratuidad, amando de verdad y en respuesta a su amor. Estamos celebrando esta ordenación sacerdotal en la fiesta de san Pedro, recordad para tenerlo siempre presente, queridos ordenandos, lo que Jesús, antes de encomendar el ministerio a Pedro, le pregunta por tres veces: “¿Me amas?, ¿Me amas más que estos?”. Todo es obra del amor y para amar. Sólo cuenta el amor, y sólo ante Jesús habréis de manifestar vuestro amor. Amar, ser amado, es gracia y don.

Si todo en la vida humana, y sobre todo en la Iglesia, es gracia, lo es de una manera especial y aun sobresaliente el sacerdocio ministerial que os va a configurar en todo vuestro ser personal, para el que habéis sido llamados y elegidos, para el que vais a ser consagrados, el que vais a recibir para ser gracia y don en favor de los hombres a los que Jesucristo ama y por los que se ha entregado por completo en donación graciosa y misericordiosa. Sabernos y vernos así como don de Dios nos reconforta, nos llena de júbilo, y nos hace vivir en la frescura y en la libertad grande de la gracia y del don. Sencillamente nos hace vivir en la frescura y libertad del amor, que es obra del Espíritu que nos unge, precisamente para llevar a cabo la obra con la que Dios ama a los hombres, apacentar, cuidar, alimentar, guiar, como buenos pastores conforme al corazón de Dios que es el Corazón de Jesucristo, como ayer mismo celebrábamos. Recibís un ministerio de fe, un sacramento de fe, precisamente para celebrar el misterio de la fe que es la Eucaristía, que está en el centro del ministerio sacerdotal: para eso somos ordenados, para la Eucaristía, misterio de la fe. En la ordenación, el Obispo ordenante dice a cada uno de los ordenandos: “Recibe la ofrenda del pueblo santo para presentarla a Dios. Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras y conforma tu vida con el misterio de la Cruz del Señor” Imita lo que conmemoras. Por eso toda la vida del sacerdote no debiera ser otra que la presencia y prolongación de la Eucaristía, descubrir y ver nuestro sacerdocio a la luz de la Eucaristía: nuestras palabras, nuestros gestos, nuestras actitudes debieran expresar lo que se realiza en la Eucaristía, sacramento de nuestra fe.

Nuestra fe descansa y se apoya en el testimonio de Pedro, roca firme que proclama en nombre de la Iglesia de todos los tiempos: “Tú eres, el Cristo, el Hijo de Dios vivo”; “Tú tienes palabras de vida eterna, a ¿quién vamos a acudir?”; “Cristo es la piedra angular sobre la que se edifica la Iglesia y la nueva humanidad; no se nos ha dado otro nombre en el que podamos ser salvos. Pedro, y el sucesor de Pedro, el Papa, nos confirma en la fe, y nos preside en la caridad, y es el fundamento de la comunión que es la Iglesia. Nada ni nadie puede derribar la Iglesia por él presidida y asentada en esta misma y única confesión de fe que no es producto de la carne ni de la sangre, es decir, de la creación humana, sino don que viene de lo alto y nos alcanza por la gracia de la revelación divina, por el don de su amor. De pecador, de negar a Jesús, de su fragilidad que no es capaz de comprender y aceptar el misterio de la Cruz que Jesús anuncia tras la confesión de Pedro, de estar dormido en la agonía de Jesús, de negarlo tres veces, Pedro pasará después a decir por tres veces también: “Señor, Tú sabes que te quiero”, “Tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero”. Somos sacerdotes de la fe para la fe, ministros de la fe para vivir de la fe como el justo vive de ella, para anunciarla y proclamarla sin ahorrar nada, como Pedro y Pablo. Ser sacerdotes es ser como Pedro y Pablo, testigos valientes del Evangelio, que es fuente de salvación para todo el que cree, audaces y libres para anunciar el Evangelio obedeciendo a Dios antes que a los hombres, las culturas, los poderes, a Jesucristo y sólo a Jesucristo, Hijo del Dios vivo, así abrir caminos de esperanza en el momento decisivo que vivimos en la Iglesia y en el mundo; nuestro ministerio, ministerio de fe, está al servicio de hacer surgir, renovar, fortalecer y hacer crecer la fe que edifica la Iglesia edificada sobre Pedro, Pablo, los apóstoles.

Queridos sacerdotes, éste ha de ser vuestro propósito incansable y vigilante, el vuestro y el de todos los sacerdotes, ser servidores de la fe y cumplirlo en todo, con humildad y conciencia de no traicionarlo nunca, de no traicionar nunca la santa verdad, la verdad que nos hace libres y de la verdad que se realiza en la caridad, de manera que, como Pablo, cuando se acerque la hora de vuestra partida podáis decir como san Pablo: “He guardado la fe”. Sed trabajadores incansables del Evangelio de la verdad que engendra fe, tomar parte sin reserva alguna en el anuncio de este Evangelio, que tanto necesitan los hombres de hoy, tan heridos por el drama del humanismo ateo que quiebra la verdad del hombre, lo lleva a la ruina y no hace posible el desarrollo verdadero de los pueblos, llamados a realizar la paz entre ellos y encaminarse a la Patria de todos, los cielos nuevos y la tierra nueva donde habite la justicia. Queridos hermanos ordenandos, anunciad el Evangelio, en medio de dificultades, sin echaros atrás del camino arduo de los duros trabajos del Evangelio, sed evangelizadores a tiempo y a destiempo de este Evangelio que es fuerza de salvación para todo el que cree. Siempre en comunión con la Iglesia, con el Papa, sin ningún recelo ni temor, y con él, orando por él y con él, solidario con la Iglesia y como ella, solidaria de los gozos y esperanzas, con sus tristezas y dolores, para que entregándoles a Jesucristo, objeto de nuestra fe, verdad de Dios y del hombre, surja una humanidad nueva hecha de hombres y mujeres nuevos con la novedad del Evangelio, a lo que debe contribuir toda comunidad cristiana, presidida en caridad por el sacerdote, cuya dicha e identidad más profunda es evangelizar. Y como dice Pablo: “!Ay de mí si no evangelizare!”. Como Pablo, que se hizo todo para todos para ganar algunos, no os preocupe otra cosa que el anuncio de Jesucristo, darlo a conocer y mostrarlo a los hombres de hoy, sobre todo a los jóvenes, futuro, ya presente, de la Iglesia.

Plegaria a María, a Pedro y Pablo, a San Vicente Ferrer, a los Santos valencianos. Rezad por el Papa de manera muy especial. Rezad por el próximo Sínodo de Valencia, caminad juntos, en comunión, y avivad la fe.

+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia
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